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¡Larga vida a los viejitos!

Antier, Robert Marchand impuso un nuevo récord en los circuitos ciclísticos: 27 km en una hora, con 102 años de edad.

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Antier, Robert Marchand impuso un nuevo récord en los circuitos ciclísticos: 27 km en una hora. ¿Que no es mayor cosa? No. Ciertamente, nada que deba movernos a estupefacción.xcepto por este pequeño detalle: nuestro atleta tiene 102 años.

Ya al cumplir los 100, había establecido un récord de 25 km. Ahora traspasó su propio umbral de le excelencia, en su categoría: “Masters 100 +”, esto es, “Maestros de más de cien años”. Marchand nació 2 años antes de la Primera Guerra Mundial. Al venir al mundo, naufragaba el Titanic, Scott descubría el Polo Sur, y en Costa Rica don Ricardo Jiménez ejercía su primer mandato.

Lo ayudaron a subir a la bicicleta -¡cuidado con las fatídicas fracturas de cadera!-, pero tan pronto tomó posesión de su vehículo, nuestro Matusalén deportivo (sea el ancestro bíblico invocado a toda honra) se transformó en galgo, en Pegaso, en Hermes, el dios alado de la mitología griega. Sin la menor vacilación, su pedaleo isócrono, regular, “sin prisa y sin pausa como las estrellas” -hubiera dicho Goethe- le permitió ofrecer una exhibición de ciclismo que se desearía, al día de hoy, Contador.

Bombero en su juventud -profesión por la que siento el más profundo respeto-, Marchand bajó de su corcel sonriente, nimbado por el resplandor de los grandes triunfadores. Con absoluta modestia se sometió a la prueba de dopaje.

“Mi único dopaje es una cucharada de miel en mi bidón” -bromeó. “No sé si me interesa batir el año entrante mi propio récord. Una cosa es segura: mientras me quede vida, seguiré pedaleando”. ¡Qué lección de vida! Yo, amigos, tengo exactamente la mitad de la edad de Marchand, y jamás me he siquiera montado en una bicicleta.

Nuestro titán no ha sido objeto de la cobertura mediática que merece. ¿Por qué? Pues porque no se depila las cejas, no se cuelga aretitos en todo tejido corporal susceptible de perforación, no se tiñe las mechitas, no exhibe cuadritos de chocolate en el abdomen, no sale en anuncios de ropa íntima, no se pasa adornando a sí mismo con tatuajitos góticos, no bebe su propio esplendor en el estanque de Narciso dos horas cada día, no sale en las portadas de tabloides del brazo de una modelo rusa de nombre sulfuroso y mirada felina.

Así debe ser el deporte: inclusivo, inclusivo, inclusivo, ¡jamás exclusivo! Abierto al mundo entero, patrimonio universal. Discapacitados, niños, jóvenes, viejos, todas las etnias, orientaciones sexuales y credos religiosos concebibles. Si el deporte no es democrático, entonces es una porquería. ¡Bravo mi viejo, mi querido viejo! Y nosotros, holgazanes, ¡a movernos se ha dicho!


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