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MAGNÍFICOS

Redescubro el gozo de caminar

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Ayer participé en el Maratón de París. Así como lo oyen. Me uní al tsunami humano a 200 metros de mi casa, al otro lado del Sena: cuestión de atravesar el puente Mirabeau. Ahí estuvieron Laurens Molina y otros grandes atletas. Fue un gesto simbólico, lo cual no significa “de mentirillas”: ¡la dimensión simbólica, ritual, mágica, lúdica del ser humano es, justamente, uno de nuestros títulos de gloria, y un rasgo que nos diferencia de los animales!

Caminé… pues lo que aguanté. Unos 300 metros, y a ritmo lento: “adagio molto moderato”. Mi salud no me permite los sprints de galgo de Zatopek, la “locomotora checa”, medallista en Londres 1948 y Helsinki 1952. Puedo ofrecer una maratónica pianística de 3 horas, con las piezas más difíciles del repertorio, pero a lo sumo caminar 300, quizás 400 metros.

¡Lo hice feliz, feliz, feliz! Gozar del mero hecho de estar vivo. Redescubrir ese milagro mellizo que son mis piernas. No rompí ninguna plusmarca, pero eso, ¿qué importa? Respirar, desplazarme, percibir el telúrico percutir de mi corazón, víscera fiel e infatigable, ver en torno mío, oír, oler, sentir la primavera parisina prodigarme su abrazo fragante a nuevas floraciones, embriagarme de vida: ¡no hace falta ser un gran fondista, para ello!

Sentirme ser: palparme y saber que aún soy residente de esa maravillosa comarca llamada Vida. Ver correr junto a mí a viejitos, niños, discapacitados, todas las etnias concebibles… París, enorme arca de Noé, acogiendo a la multiforme criatura humana. Caminé para dar gracias. ¿A quién, a qué? No importa. Lo esencial es experimentar la gratitud. ¿Se han fijado ustedes cuánto se asemeja a la felicidad? Gratitud por este cuerpo mío, que ha sobrevivido mil tempestades, y aun cuando herido por los torpedos que lleva incrustados bajo la línea de flotación, nunca me ha desertado, y sigue con gallardía las instrucciones del capitán y su tripulación.

Caminé en esta universal celebración de la vida, sí. Como el soldado Filípides, que recorre eufórico 42 kilómetros de la ciudad de Maratón a Atenas, 490 años antes de Cristo, para anunciar la victoria griega sobre el invasor persa. Yo también tengo mi victoria que proclamar, mi triunfo íntimo que celebrar. No gané premio alguno. Es que, amigos, las cosas más bellas y significativas de la vida son precisamente aquellas en las que no se gana, las que son gratuidad pura, y se hacen, como decían los chiquillos, “porque sí”. Ese “porque sí”, en apariencia absurdo, está lleno de significado. En el fondo, es una afirmación de la vida y de la voluntad: dos nombres diferentes para el mismo milagro.

Las cosas más bellas de la vida son precisamente aquellas en las que no se gana

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