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El deporte salvó mi vida. No es una hipérbole, una fórmula efectista para "amarrar al lector". Es la verdad.

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Hoy hablaré de mí. Gesto impúdico, inelegante, pero necesario en todo testimonio. El deporte salvó mi vida. No es una hipérbole, una fórmula efectista para “amarrar al lector”. Es la verdad.

Pianista y escritor, he pasado por el mundo en tonalidad de Mi bemol mayor, y vestido de palabras. Música y literatura han sido mis grandes aliadas. Pero después de ellas, el deporte me preservó de la postración y la discapacidad a la que, debido a una infancia enfermiza, parecía condenado. “Discapacidad”, no “minusvalidez” (minus-valía): nadie vale menos por padecer una limitación física.

De niño, cuando mi “mala salud de hierro” me llevó a coquetear varias veces con la muerte, el deporte me preservó de la silla de ruedas. En primer lugar, la natación. Papá nos llevaba todos los sábados por la tarde a las piscinas termales del valle de Orosi. Ritual, religiosamente. Una verdadera ceremonia familiar. Sin aquellas largas sesiones de chapaleo, de exultación física, celebración de mi cuerpo fragilizado por mil afecciones, no estaría hoy contando el cuento. La intención nunca fue batir los récords de Spitz. Era una tática de vida. Una manera de no morir: tan simple como eso.

Luego jugué futbol. Era malísimo. Me enredaba en la bola, me marcaba a mí mismo, no era capaz de anotar un gol así bastase con soplar el esférico frente al marco, mis penales quedaban flotando en el cinturón de asteroides que gravita alrededor de Neptuno… Apenas superior a Serginho, Palermo y Benzema. Candidato a integrar la Selección FIFA de los peores jugadores del planeta. Pero eso no importaba. Era sentirme vivo, corroborar la operatividad de mi cuerpo, respirar, saltar, gritar, correr…. En el cinematógrafo de mi imaginación, yo era Pelé al cabecear, Garrincha al driblar, y Rivelino al disparar.

El piano es -entre muchas otras cosas- una gimnasia de altísima precisión. Y la literatura moviliza el “músculo” del pensamiento con tal eficacia, que basta con que deponga la pluma un par de días, para sentir una especie de distrofia en la capacidad para hilar las ideas y encontrar las palabras.

Gracias a papá -que comprendió el valor que música, literatura y deporte tenían en mi vida- no quedé engrilletado a una cama ortopédica por el resto de mi vida. Incapaz de cultivar el futbol profesionalmente, me he dedicado a estudiarlo, en sus facetas histórica, sociológica, estética, psicológica, filosófica. De todo ello surgirán varios libros, y muy pronto.

El deporte está entre las cosas más bellas que se le han ocurrido al ser humano. Un civilizador de primer orden y una forma de diferir la muerte.

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