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Magníficos

A lomos de la victoria

No demeritemos esta inmensa gestión con una sola lágrima. No hay razón alguna para llorar. Lo único que, a partir de mañana, debe preocuparnos, es esto: ¿cómo ganar el Campeonato 2018?

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FOTO: AFP

Muy bien, he aquí los hechos.

Volvemos a casa invictos (las decisiones por penales no califican, técnicamente, como triunfos o derrotas: son empates dirimidos mediante el dispositivo eliminatorio de los once metros).

Volvemos a casa con la defensa menos vulnerada del torneo (sólo dos tantos, uno de ellos producto de un penal, y el otro encajado cuando ya nos debatíamos heroicamente con diez hombres en la cancha).

Volvemos a casa con el que, incuestionablemente, será considerado el mejor portero de la justa, y a largo plazo, quizás uno de los más grandes de Latinoamérica, al lado de Amadeo Carrizo, Ladislao Mazurkiewicz y Sergio Goicochea.

Volvemos a casa con el mejor desempeño jamás propuesto por equipo alguno de la Concacaf (los cuartos de final alcanzados por México en 1986 tienen menos fulgor por haber sido obtenidos en casa, y por cuanto superaron una primera ronda contra equipos de Kindergarten, mientras que los Estados Unidos cayeron en Corea-Japón 2002 contra Alemania, por marcador de 1-0).

Volvemos a casa tras una jornada hercúlea, en la que tuvimos que enfrentar a tres ex-campeones mundiales (Uruguay, Italia e Inglaterra), a un ex-campeón europeo (Grecia), y a un equipo tres veces sub-campeón del mundo (Holanda). El equivalente de un boxeador que, el mismo año, hubiese tenido que zurrárselas contra Louis, Marciano, Alí, Frazer y Tyson (¡y ninguno nos ganó!)

Volvemos a casa imbuidos de un nuevo , “eterno prestigio”: derribadores de gigantes, doblegadores de titanes por vocación profunda, y a tiempo completo.

Volvemos a casa habiéndonos sobrepuesto a los serios problemas de miopía y presbicia de que sufren algunos “árbitros”: cuando les conviene, soplan sus pitos como si de las trompetas del Juicio Final se tratase, y en otras ocasiones se quedan sin aliento así no fuese más que para inflar burbujas de jabón... Sobre todo cuando son azulitas.

No demeritemos esta inmensa gestión con una sola lágrima. No hay razón alguna para llorar. Lo único que, a partir de mañana, debe preocuparnos, es esto: ¿cómo ganar el Campeonato 2018? Ya escalamos el Chimborazo, el Aconcagua, el Mont Blanc y el Anapurna: ahora debemos pensar en el Everest. No mirar hacia atrás, si no es para abrevar fuerza e inspiración con miras hacia lo que se avecina.

Amigos: ¡2018 es mañana! No dejemos que la nostalgia (pasiva y auto-complaciente) se apodere en nuestras almas de ese espacio que la planificación y la esperanza (proactivas, beligerantes) deben ocupar.

Seremos campeones. Hemos descubierto un filón de grandeza: la conciencia de nuestra excelencia. Empuñémosla, cabalguémosla, y hagámosle el amor a la gloria.

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