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Magníficos

¡Este hay que ganarlo!

Retomo aquí una reciente reflexión de Julio Rodríguez. Teniendo un futbol superior al nuestro, México no nos sobrepuja tanto como para haber ejercido tal hegemonía sobre nosotros. El “Tri” se ha constituido en nuestro fantasma, lo que los franceses llamarían “una bestia negra”. Nuestro verdugo futbolístico. ¿Hay algo que nos genere más alegría que hincar al equipo de Hugo Sánchez, Hermosillo, Borgetti, Cuauhtémoc Blanco, Chicharito? Seamos honestos: ¿podemos concebir placer más grande, éxtasis colectivo comparable?

Sin embargo, la historia es apabullante: hemos coleccionado 18 derrotas, 9 empates, y solo 2 triunfos. ¿El Aztecazo? Nuestros 90 minutos de gloria. ¡Pero amigos: de eso hace ya 12 años! ¡Desde la efeméride, hemos jugado 12 veces, perdiendo 9 y empatando 3! ¿Qué vamos a hacer al respecto? ¿Declarar el 16 de junio de 2001 feriado nacional? Conmemorarlo como la Batalla de Rivas o la de Santa Rosa? ¿Construir un nuevo aeródromo y bautizarlo Aeropuerto Internacional Aztecazo 2001? ¿Consagrar a Fonseca y Medford, autores de los goles, beneméritos de la patria? ¿Comisionarle a Lencho Salazar la composición de unas coplas a fin de inmortalizar, para las generaciones venideras, nuestra máxima zaga futbolística? ¡Por favor, amigos, no seamos tan mediocres, tan conformistas! ¡Hora de reverdecer laureles, señores!

Los más viejos recordamos -y con mucha menor emoción, se los aseguro- las dos palizas que México nos infligió en 1975: 7-0 y 7-1. La Selección al mando del uruguayo Etchegoyen, a quien terminaron por apodar “Echengoles”. Ese 7-0 es, entérense, el más abultado varapalo que la Sele ha encajado desde su fundación, en 1921. México sigue asustándonos. Temblamos ante los altivos descendientes de los tatloani aztecas. Sobre 29 partidos, se pueden ganar 2 por accidente: ¡pero jamás se perderán 18 por accidente!

Me gustó el último juego que les planteamos en el Azteca, que, obviamente, ha perdido algo de su mítica aura, y donde México está tolerando bofetada tras bofetada. Pero hemos de ganarles en Costa Rica. De manera imperativa. Nos lo debemos a nosotros mismos. Exorcizar ese demonio. Conjurar esa sombra. Acabar con un complejo de inferioridad que arrastramos desde siempre. He ahí mi más ardiente deseo, en lo que resta de la hexagonal. Será necesario un proceso de programación mental para los jugadores que requerirá eminentes psicólogos. Un enorme esfuerzo multidisciplinario. Ello es, a menos de que queramos seguir arrullándonos en el recuerdo de esa venturosa noche de 2001 por uno, quizás dos siglos más.

Pagan por un desconocido inofensivo dentro de la cancha

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