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MAGNÍFICOS

¡Con estas cosas no se juega!

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Comparen los códigos gestuales, las expresiones, la retórica, el tono mesiánico, exaltado, apocalíptico de los fanáticos religiosos y de los fanáticos deportivos: ¡las similitudes son alarmantes! Misma intransigencia, belicosidad, psico-rigidez, vociferaciones, y pretensión del monopolio sobre la Verdad (¡la pobre, siempre secuestrada!) Mismos trances de exaltación colectiva, contagioso fervor, estados de conciencia alterada, reacción en cadena: el equivalente humano de la fisión del núcleo de un átomo de uranio-235: el bombardeo de neutrones libres que fracturan, a su vez, otros núcleos, y generan una incontrolable hecatombe exotérmica.

Fácil se nos vienen a la mente las imágenes de la catástrofe de Heysel (Bruselas, 1985). Recibió amplia cobertura mediática, vendió periódicos, y es aún relativamente reciente. Déjenme decirles que esto fue una reyerta infantil comparada con la ya por desgracia olvidada degollina del Estadio Nacional de Lima, acaecida el 24 de mayo de 1964, al final de un partido entre Perú y Argentina: 320 muertos y 800 heridos.

El torcedor de la barra brava es al futbol lo que el borracho es al vino: degrada y envilece algo inherentemente noble y hermoso (el vino y el deporte). Un espécimen que le ha causado al mundo marejadas de dolor. Su erradicación de los estadios es, al día de hoy, y por encima de cualquier galardón, la meta inmediata más importante de nuestro futbol. Aplaudo la decisión de los clubes que han prohibido a estas hordas criminales la entrada a sus estadios. Soy enfático: nuestras autoridades deben revisar las letras de sus himnos guerreros: algunas de ellas tienen contenidos muy peligrosos. Supremacistas, belicistas: por poco se dirían producto de la Italia fascista o de la Alemania nazi (¡y así son transmitidos en programas de radio!)

Es imperativo que nadie le alquile medios de transporte a estos grupos. Pese a su apariencia anárquica, están rigurosamente jerarquizados, tienen estructuras internas con niveles de mando bien definidos. Sus miembros juran lealtad a sus jefes y actúan según la “ética” de las pandillas gangsteriles, de manera organizada, con lenguaje corporal perfectamente codificado, lemas guerreros, y ritos específicos. Por su modus operandi, en mucho se asemejan a las maras de Guatemala, El Salvador y Honduras.

Amigos: que la decisión de detener el carcinoma no se limite a unas cuantas fechas: hay que extirpar el tumor del organismo social ya mismo, antes de que genere metástasis. Más fácil prevenir una patología social que revertir un proceso degenerativo ya generalizado. Con estas cosas no se juega.

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