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MAGNÍFICOS

¡Más que nunca, debemos creer!

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¡Con que el grupo de la muerte! ¡Vamos, amigos, con el nivel de futbol que estamos jugando, cualquiera lo habría sido! A menudo es más difícil enfrentar a equipos de nivel medio (Suiza, Chile, Croacia, Grecia) que a gigantes. El peso psicológico que estos arrastran es abrumador: no se les aceptará nada que no sea golear al rival, y eso suele conspirar contra ellos. Así que es frecuente verlos enredarse en sus propios mecates, y entrar en barrena (Inglaterra, dueña universal del futbol, doblegada por un equipo norteamericano de aficionados en 1950; Italia derrotada por Corea del Norte en 1966; Alemania -campeona europea- perdiendo 2-1 con Argelia en 1982; Argentina -campeona vigente- sorprendida 1-0 por Camerún en 1990; o Francia -también campeón vigente 1-0 subyugada por Senegal en 2002). Los grandes tienen todo por perderlo, nosotros todo por ganarlo: podemos capitalizar en esa ventaja psicológica.

Nadie elige a sus rivales. En cambio, hay algo que sí podemos elegir: enfrentarlos con gallardía, en lugar de temblar y correr a escondernos bajo la cama. ¿Italia? Ya se le ganó en 1984, por 1-0. Cierto: era un equipo olímpico, pero en él figuraban varios de los campeones de 1982. ¿Uruguay? Nos ganó el repechaje por 2-1 para el 2010, pero tampoco fue que nos bañaran en goles. Con España prevalecíamos 2-0, y nos dejamos empatar por pusilánimes. Francia nos venció 3-2, con un gol ‘off side’ del marrullero de Henry. Brasil nos doblegó apenas 1-0 hace dos años, y Argentina salió de Costa Rica 0-0. Por favor, amigos: no nos pigmeizemos. Urge salir de Lilliput. Hemos enfrentado a campeones mundiales: son jugadores con dos piernas: ninguno -la FIFA lo verifica cuidadosamente- tiene tres, o es bicéfalo.

Nuestros seleccionados deben considerarse bendecidos. Lucirán sus destrezas en una pasarela planetaria donde los cazatalentos estarán ansiosos por descubrir nuevos valores. Es una oportunidad inestimable para la carrera de cualquier futbolista. Yo soy pianista. Si mañana me invitasen a tocar con la Orquesta Filarmónica de Berlín tendría dos opciones: la crisis de pánico, hacerme chiquitico, dejarme ganar por el complejo de inferioridad, asumir que el director y los músicos me van a insultar, y el público (acostumbrado a Lang Lang, Argerich y Kissin) me va a abuchear; o bien encarar el reto como una catapulta, una posibilidad de crecimiento meteórico.

Como los guerreros espartanos, no nos preguntemos cuántos son los enemigos ni cuán temibles sean, sino únicamente: “¿Dónde están? ¡Queremos ya ir por ellos!”

Atrás quedaron los pantalones cortos: ya somos adultos.

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