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MAGNÍFICOS

No entiendo a mi equipo

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Un quejumbroso Platini deploró que su protegido, Ribéry, no hubiese sido consagrado con el Balón de Oro. Por su palmarés, efectivamente, nadie lo merecía más que él (el Bayern ganó desde bingos provincianos a campeonatos mundiales). Pero a esto habría que contra-argumentar: ¿es el club el que hace al jugador, o más bien el jugador el que hace al club? ¿Es Ribéry exitoso por cuanto está inserto en un engranaje admirable que posibilita su accionar, o, antes bien, es esa maquinaria perfectamente lubricada el producto del aporte individual de Ribéry? ¿Qué viene primero, y qué después? ¿Fue Pelé grande por cuanto jugó en un Santos que era un cuerpo de ballet futbolístico, o devino el Santos legendario gracias a las proezas estrictamente individuales de Pelé? El Ajax sin Cruyff, el Bayern sin Beckenbauer, el Barcelona sin Messi, ¿serían considerados equipos míticos?

Bajemos del parnaso -en caída libre: no usaremos ascensor- al circo de nuestro campeonatillo local. González dejó ir a Lagos porque “no se adecuaba a su planteamiento táctico”. Buen delantero, sí, pero no construía, no bajaba al mediocampo a gestar las jugadas que él mismo culminaría, no recuperaba balones, un hombre para los últimos 15 metros del terreno, una milpa, el tipo de ariete al que hay que servirle los goles masticados y digeridos. Si tal era el caso -no suscribo a esa descripción del jugador de marras-, ¿no procedía adaptar el esquema del equipo a las destrezas específicas de su punta de lanza? ¿No era más sensato crear un sistema de juego que extrajese un máximo de dividendos de las facultades, muy concretas, de su delantero? ¿Ser maleable, y adaptarse, cual plastilina, a la materia prima humana con que se cuenta? (A menos de que se tenga el contenido económico para comprar a los mejores jugadores del planeta, y confeccionar un equipo “a la carta”).

Ahora nos anuncian un brasileño que -asumo- debe aunar la potencia de Rivelino al regate de Garrincha y la malicia futbolística de Ronaldinho. Las contrataciones de extranjeros del Saprissa han sido, tradicionalmente, desastrosas. Salvo por Odir, Mansilla, Guima e Hilario, absolutos despropósitos. Y ahora un portero mexicano… ¿Para qué? ¡Los arqueros no eran un rubro deficitario en el equipo!

La paciencia del saprissismo se acaba. La mía, por lo menos, está sobregirada. No sé ustedes, amigos, pero a mí me parece abyecto, degradante, “acostumbrarse” a la derrota, hacer de ella una segunda naturaleza, acogerla como una manera de ser, un principio de identidad, acomodarnos en la eliminación como quien se arrellana en su sofá favorito.

El Ajax sin Cruyff, el Barcelona sin Messi, ¿serían considerados equipos míticos?

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