Publicidad

Opinión

¿Estadio-templo?

No diagnostiquemos si la intersección de los ámbitos religioso y deportivo es aberrante o saludable.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

Un amable lector, en comentario posterior a la columna donde censuraba la práctica de silbar himnos nacionales, me pregunta: “¿cree usted que un estadio es un templo?”. Magnífico cuestionamiento. Merecedor de un extenso ensayo.

No diagnostiquemos si la intersección de los ámbitos religioso y deportivo es aberrante o saludable. Es un fenómeno de transvaloración: dos órdenes que se contaminan -o fecundan- recíprocamente. Limitémonos a examinar el lenguaje.

El estadio de Wembley, “catedral del futbol”. “El divino” Zamora. “El divino” Rivelino. Raúl, “el ángel” de Madrid. “La mano de Dios”, y la “iglesia” consagrada al culto de Maradona. El “ciégalo Santa Lucía” que la gente invoca cuando el delantero rival está por disparar. “Las piernas de Dios”, de Messi. Los jugadores que hacen profesión de fe en la Virgen de los Ángeles públicamente. La oración de los porteros antes de iniciar los partidos. El arrodillarse, persignarse y mirar al cielo después de cada gol (práctica que creó Jairzinho en 1970).

El encender velas y formular promesas para que un equipo gane. La euforia colectiva, las batucadas, que en mucho nos recuerdan la exultación de las iglesias del sur de los Estados Unidos, donde se canta Góspel y se alaba al Señor con exuberancia: cánticos de inspiración popular, ritmados por extáticas exclamaciones. La ritualización del juego. La presencia de ese sumo sacerdote que es el árbitro -etimológicamente, el que señala la dirección correcta, el que administra la justicia-.

La iconografía deportiva, las efigies y estampas de los héroes, afín a la iconografía religiosa. La estatua de Garrincha en el Maracaná: una figura mística, un ser sobrenatural, inscrito dentro de un espacio sagrado.

Sí, amigos, en muchos aspectos -más de los que suponemos- un estadio es un templo. Los imaginarios religioso y deportivo se entrecruzan. De nuevo: no emitamos juicios de valor: no nos interesa, por el momento, determinar si esto es una patología social o un hecho perfectamente saludable. El tema es vastísimo. El fanatismo deportivo, la incondicionalidad e intransigencia con que damos nuestra adhesión a un equipo, ¿no se acerca llamativamente a la fe religiosa, por lo menos en sus manifestaciones externas?

Las diferencias entre religión y deporte son evidentes: no es preciso señalarlas. Lo interesante es reparar en sus puntos comunes. ¿Un estadio-templo? ¿Un templo-estadio? La cultura es una y la misma. Bajo diferentes códigos, en espacios acotados y diversos, los seres humanos propenden al fervor, a la unción, a sacralizar todo lo que aman. Ahí los dejo pensando.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

Relacionadas

Publicidad

Sondeo ¡Participe!

¿Marcará diferencia la ventaja deportiva en las semifinales del Torneo de Invierno?

Ver resultados

Publicidad