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La faz en sombra del deporte

Hay hombres que renuncian a sí mismos. Amasijos de sueños rotos y clamores desoídos.

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Hay hombres que renuncian a sí mismos. Amasijos de sueños rotos y clamores desoídos. Un enorme gesto de abdicación. Es la primera de las muertes, y acaso la más triste de todas. La otra, la física, no pasa, en comparación, de ser una formalidad, un mero trámite.

Seres desesperanzados, despojados de sus más caros anhelos. Piezas en un inmenso engranaje que los instrumentaliza, tritura, y priva de voz. ¿Qué les queda, sino proyectar en criaturas míticas todo cuanto en sus vidas tuvieron que abortar? Ahí surge, de manera “providencial”, la figura del héroe deportivo. Fabricada siniestramente por una bien lubricada maquinaria que opera de consuno con la media, y actúa como un narcótico colectivo. En columna reciente hablé sobre todo lo bello que tiene el deporte. Pero hay en él una faz en sombra, una especie de Mr. Hyde del que debemos desconfiar.

No es saludable que un hombre “viva” a través de sus ídolos deportivos. Que “sus” triunfos y derrotas sean los de su equipo. Que abandone sus metas, y ponga su vida en manos de otros. Será feliz el día en que Messi, con goles de chilena, taquito y globito, le permita serlo, y un miserable cuando el jugador no fulgure en el terreno de juego. Habiendo renunciado a su proyecto de vida, hace de su ídolo la cristalización de todo lo que él jamás logró. Ya no vive su vida: Messi la vive por él. El deportista como depositario de miles de sueños devenidos añicos, un parche en el hueco negro de incontables existencias. Seres que viven por interpósita mano. Cierto: para eso le pagan 33 millones de euros al año, ¡pero es que nadie debe vender ni comprar espejismos!

Amigos: no nos divorciemos del principio de realidad. No tenemos otra cosa que nuestras vidas. Ni a Messi, ni a Saprissa, ni a Federer les corresponde vivirlas. No los necesitamos para ser felices, y no es correcto absorber sus fracasos y hacerlos nuestros.

Nadie puede amar el futbol más que yo (si quieren verme perder la compostura, métanse con la Verdeamarela, Saprissa o el Real Madrid). Pero debemos gestionar nuestras propias vidas. Ninguno de ellos va a paliar nuestros dolores inconfesos, objetivos nunca alcanzados, frustraciones mal digeridas.

Mala cosa, que un país ponga en manos de once futbolistas toda su dignidad, historia e identidad. Amigo lector: en su vida, usted es árbitro, jugador FIFA, pichichi, balón de oro, y campeón mundial. Es su juego. El único que depende de sus propias destrezas. No deje que nadie se lo quite. Cuando la derrota de sus ídolos lo suma en la tristeza, pregúntese: ¿por qué y por quién, en el fondo de su corazón, llora usted?

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