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Nada menos que todo un hombre

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Campeonato mundial México 1970. Estadio Azteca. Semifinal Alemania-Italia: 95.000 espectadores. El “partido del siglo”. Italia gana 1-0.

Empata Schnellinger en el último minuto, cuando los Azzurri se daban ya por vencedores (¡error descomunal, ante Alemania!) Prórroga. Alemania 2, Italia 1. Italia 2, Alemania 2. Italia 3, Alemania 2. Italia 3, Alemania 3. Italia 4, Alemania 3. Pitazo del árbitro que cae como una fulminación sobre los teutones. Italia está en la final, Alemania eliminada (¡impronunciable palabra!)

En medio de la locura, la gente no ha reparado en algo: hacia el final del partido, el Káiser Franz Beckenbauer entra en el área rival como un estilete: rápido, esbelto, incisivo. Lo derriban. El pésimo árbitro peruano Yamasaki -me alegra consignar su nombre- ignora la falta. Beckenbauer sale del terreno. Lo examina el médico. Luxación de la clavícula izquierda.

Urge reemplazarlo. El capitán se niega a abandonar. El galeno insiste: no puede jugar. Beckenbauer permanece junto al terreno, bebe un poco de agua. El calor en el Distrito Federal es agobiador. El director técnico, Helmut Schön, prepara el cambio. Beckenbauer lo disuade. Sus correligionarios se acercan a él: que por favor salga, que se va a hacer daño, que una luxación es una lesión seria, que otro vendría a tomar su lugar. Pero él persiste en jugar. El médico le venda el brazo y se lo fija con un cabestrillo. Y así reingresa a la cancha. Trotando, buscando ávidamente el balón, dirigiendo a sus compañeros con el brazo derecho.

Los primeros planos de su rostro revelan un dolor intolerable. A pesar del cabestrillo, “el Kaiser” no pierde su prestancia, la precisión de sus pases, y sigue “cortando” la muralla rival con sus balones de profundidad. Los italianos le golpean la clavícula. Pero Franz sabe lo que su presencia significa: líder, inspiración, músculo espiritual de sus tropas, sin él Alemania quedaría “des-almada”. Así jugó hasta el final. Su dignidad, su señorío, su expresión de guerrero que ha hecho todo cuanto estaba en su poder por ganar la lid. “No lloro porque me duela el brazo: lloro por la derrota de Alemania” -dijo al final-.

Ya no hay ese tipo de jugadores. Ahora son chiquitas lindas, modelitos de pasarela: los rasguñan y se ponen a lloriquear. Como Heidi Klum, aseguran sus lindas piernitas. Los soplan y se tiran al suelo a hacer pucheros… Se pasan el tiempo pintándose tatuajitos, coloréandose las mechitas, colgándose aretitos y posando para revistitas faranduleras. ¡Cómo nos hace falta, el épico, patriótico espíritu de los viejos gladiadores!

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