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Una limosnita de futbol, por el amor de Dios

Cuando es parte de un repertorio, un menú de variantes suficientemente amplio para vulnerar el arco rival, es eficaz.

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No tengo nada contra el pelotazo. No es mi recurso ofensivo favorito, pero eso no importa. Cuando es parte de un repertorio, un menú de variantes suficientemente amplio para vulnerar el arco rival, es eficaz. Letal, si el equipo sabe ejecutarlo. Pero una cosa es el pelotazo, otro los reventones.

El futbol potreril, montaraz, que nos infligieron la Liga y Heredia en su última colisión, devolvió el balompié al paleolítico. Yo no hablaría de anti-futbol. Cambiaría el prefijo: “des-futbol”, “a-futbol”, “neg-futbol”. Porque el anti-futbol siquiera propone algo (así ha ganado más de uno). Lo que vimos fue, de manera monda y lironda, ausencia, vacuidad absoluta de futbol. En su editorial, Antonio Alfaro mandó la pelota al sofá del psicoanalista, desinflada y afecta de una depresión severa, después del maltrato a que fue sometida, durante la degollina que oficiaron nuestros futbolistas. Yo le habría prescrito a la pobre Prozac y Clonazepán.

Para jugar al pelotazo, hay que contar con 2 especímenes de características muy acusadas: magníficos lanzadores de 40 metros, capaces de enviar la pelota con precisión satelital a los punteros, y arietes dotados de 3 facultades: ubicación, técnica de la recepción, y certera definición. Basta con que uno de estos ingredientes falte, y el juego se convertirá en un ping-pong donde, en lugar de una superficie de 1,74 por 1,52, tendremos un terreno de 120 por 90 metros. Si un equipo cuenta con lanzadores-tiralíneas (Beckenbauer, Gerson, Riquelme, Ronaldinho), y águilas que cazan todo lo que llegue al área (cabeceadores como Pelé, Zamorano o Klose), ¡adelante con los pelotazos! Sin estos 2 prototipos, el pelotazo es un despropósito.

Cuando un balonazo llega al área, los defensas lo reciben de frente. Esto, en principio, les confiere ventaja. Resultado: la pelota regresa, desmelenada, al centro del terreno. ¿Qué sucede entonces? Los mediocampistas de recuperación la reciben, a su vez, de frente. El equipo a la ofensiva -si tiene hombres recios, altos, o si congestiona de piernas la medular- recobra el balón. Después, quedan 2 opciones: mandar otro pelotazo, o serenar el esférico -animalito rebelde y cerrero- para que alguien pensante enhebre una jugada con balón controlado. Añadamos: si existe tal ejemplar, el árbitro debe evitar que sea batido en una licuadora de patadas, turbina de carne humana. Lo último que espero para hoy es una sublime coreografía futbolística. Me daré por satisfecho con que alguien, en un momento de epifanía, logre acertar 3 pases consecutivos. ¿Será una ilusión desmesurada de mi parte?

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