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La tragedia evitable

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29 de mayo de 1985. Estadio de Heysel, Bruselas. Final de Champions: Liverpool-Juventus. Los negros años del hooliganismo. La turbamulta inglesa, belicosa, sarta de vándalos, asfixia y aplasta a 39 espectadores. Los futbolistas salen a la cancha, con los cadáveres ahí. ¿Qué hubiera hecho yo? ¡Negarme a jugar! Pero, acatando instrucciones de la FIFA, jugaron. Ganó la Juve 1 a 0: el gol más oneroso de la historia. 16 de octubre de 1996. Estadio Mateo Flores, Guatemala. El anfitrión contra Costa Rica: eliminatorias Francia 1998. Sobreventa de 6.000 boletos. Una avalancha humana ocasiona 83 muertos. Ahí quedaron, alineados, como marionetas destartaladas, sobre la cancha.
24 de mayo de 1964. Estadio Nacional de Lima, Perú. El equipo casa contra Argentina. Eliminatorias olímpicas para Tokio 1966. Argentina gana 1 a 0. Empata Perú a 2 minutos del final. El árbitro anula el gol. La fanaticada, enfurecida, invade el terreno de juego: 328 muertos y 4.000 heridos. No hay copa, campeonato o medalla que valga lo que una vida humana. La seguridad en nuestros estadios ha disminuido. Es culpa de un puñado de atorrantes, acaso no más que 5 y pagan los más por la criminalidad de los menos. ¡Pero es que 5 locos generan 500, y 500 engendrarán a 5.000! Es una reacción "en cadena". La locura colectiva es contagiosa: se propaga, incoercible, y genera una demencia masiva catastrófica. Amigos: si ha pasado en Guatemala, Perú, Bélgica, Inglaterra, Rusia, Italia, ¿por qué no podría suceder en Costa Rica? ¿La Virgen de los Ángeles nos va a proteger de tal cosa? ¿Somos nosotros más civilizados que ellos? ¡En medio de la locura colectiva nadie es civilizado!
Vuelvo a censurar los actos de violencia que han ensuciado recientemente nuestro futbol. Actuemos de manera preventiva. El Estadio Parc des Princes, en París, tiene políticas que merecen ser imitadas: tribunas exclusivas para la familia, protegida así del vandalismo de las barras, infraestructura especial para los discapacitados, boletos vendidos de forma tal que los miembros de las torcidas no se sienten nunca juntos: se les aísla a fin de evitar los enajenamientos colectivos. Un hombre solo es inocuo, 50 juntos constituyen un tsunami humano. Procuremos incorporar a nuestro futbol los modelos, no los antimodelos que el mundo nos propone.

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