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La pistolita de Pistoritus

Lo que Osquitar hizo -para usar una magnífica expresión vernácula- “no tiene nombre”.

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Consternado, perplejo: así me siento. Lo que Osquitar hizo -para usar una magnífica expresión vernácula- “no tiene nombre”. Innombrable, sí, indecible. Emboscar a una mujer indefensa y descerrajarle 4 disparos a boca de jarro... Con saña digna de Chikatilo, el caníbal ruso que mató a 56 personas, hoy una leyenda urbana.

El “SFF”: “síndrome del fortachón femicida”. En 1988 Monzón estrangula a su segunda esposa. Ya había ensayado sus destrezas pugilísticas sobre la primera. Una nalgadita de 11 años de prisión. Murió libre, callejeando, sin terminar su condena.

En 1994, Simpson (dan ganas de desinfectar el hard-disk al digitar su nombre) masacra a su exesposa. Es absuelto: retruécanos jurídicos que los abogados fraguan para los “ricos y famosos”. Héroe de la NFL y actor hollywoodense. Hoy purga 35 años de prisión por asaltar un hotel en Las Vegas. En 1991 Tyson, máquina de demolición, maza de Tor, toneladas de dinamita en cada guante, viola a una muchacha de 18 años. Nuevo tirón de orejas: 3 añitos. Dershowitz (adalid de los femicidas: ya había liberado al siniestro Bülow) encontró la fisura procedimental, la prueba mal presentada, el tecnicismo para “blanquearlo”. Ahora es ciudadano ejemplar y fidelísimo islamista.

En 1995 Edmundo, apodado “La bestia” por su potencia goleadora… y por su visceralidad e iracundia, se emborracha durante un carnaval y decide matar a 3 personas. ¿Dimensionan la magnitud de la tragedia? ¿Los microcosmos familiares destruidos, las ondas expansivas de dolor que tal monstruosidad desata? Le dan 4 años... pospuestos ad infinitum.

Ídolos con pies de barro. Creen estar más allá del Bien y el Mal. Su sordo rencor fermenta en el tenebroso dédalo de sus cerebros, y emerge, impregnado del tufo de la podredumbre que lo engendró. Psicópatas, agresores glorificados. La sociedad les perdona todo... porque marcan goles “de chilena”, o noquean a sus rivales en el primer asalto. Nauseabundo. Nadie está por encima de la ley y puede, al amparo de su popularidad, perpetrar tales degollinas. Al aceptar la celebridad, un deportista deviene modelo de emulación para la juventud. El amor de una afición conlleva responsabilidad. Un héroe deportivo no debe constituirse en anti-modelo ético.

Pistorius se suicidó mediáticamente: ya no es inspiración, sino fuente de desmoralización colectiva. No sé si la fama enferma a la gente, o si codiciar la fama es ya, de suyo, una patología. Una sociedad que permite estas aberraciones ha perdido la cordura. Ahora, Osquitar, a jugar con pistolitas de agua -si le dan permiso- en una celda de máxima seguridad.

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