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Magníficos

¡No quiero tener nada que ver con esta porquería!

El hecho es este: ya nos faltamos al respeto. Reprobamos el curso. Ensuciamos nuestra bella gesta deportiva.

¿Qué es Costa Rica en este momento? Un océano de neurotransmisores en el que chapalean la ira, la idolatría o el repudio colectivo suscitado por ciertas figuras de la pasarela futbolística. Lo sé: el futbol genera un alto nivel de calorías emocionales. Nada peor que una afición anoréxica. Sin embargo, no conviene destituir al capitán del buque -la razón- y dejar que la serotonina o la dopamina organicen un motín a bordo.

Es con pesar que escribo esta columna. No quiero siquiera tratar el tema. Pero sucede que si no lo abordo, absolutamente nadie me leerá. Ciertos tópicos imponen una especie de dictadura de facto sobre los comentaristas. Me refiero al affaire Pinto - Federación, que, por pasada la luna de miel mundialista, degeneró en un acto de antropofagia, recíproco bombardeo de excremento.

No puedo dar mi opinión sobre el proceso interno vivido en la Selección. Pero sí puedo pronunciarme con respecto a algo que gravita en torno a él. Una especie de atmósfera deletérea, emanaciones de un pantano generadoras de un clima absolutamente irrespirable. No me importa lo que se piense de los protagonistas de esta triste zarzuelilla pueblerina. Me importa, en cambio, la tonalidad que asume la inflación discursiva que ha desatado. El señor Li no es “un chino”. El señor Wanchope no es un “negro”.

Por otra parte, nadie aquí es inherentemente estúpido. La estupidez no es una condición, sino un momento del vivir. Reconstruyamos el día de hoy: ¿no hemos cometido, desde que nos levantamos, una sola acción que pudiese ser calificada de estúpida, siquiera absurda o vagamente ridícula? En otro orden de cosas, las madres de los aludidos son, sin duda, señoras honorables: ¿por qué invocarlas con tal saña e inquina?

Es degradante, todo esto. Las redes sociales son, en este momento, un verdadero tanque séptico cibernético. Si se derramasen, generarían una pandemia tan letal como la peste negra, que en 1347 mató a un tercio de la población europea: tal es la cantidad de inmundicia que acumulan.

¿Qué es lo primero que se nos sale, de manera irreprimible, automática, en este tipo de situaciones? Nuestro podrido racismo. El Mr. Hyde que llevamos dentro. El hombre lobo. La faz en sombra del costarricense. ¿Saben qué? Me tiene sin cuidado, nuestro octavo lugar en el Mundial, si Pinto fue o no un villano, si ganamos o perdemos la Uncaf.

El hecho es este: ya nos faltamos al respeto. Reprobamos el curso. Ensuciamos nuestra bella gesta deportiva. Nos las arreglamos para convertir en cloaca lo que debió de haber sido el más noble de nuestros monumentos deportivos.

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