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Lo que todos quisiéramos olvidar

Zinedine Zidane -el mejor futbolista del planeta entre 1998 y 2006- fue expulsado en dos de los tres mundiales que jugó.

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Para ser capitán hace falta auto-control, disciplina sobre las propias emociones. Zidane -el mejor futbolista del planeta entre 1998 y 2006- fue expulsado en 2 de los 3 mundiales que jugó: en 1998, donde agredió a un rival de Arabia Saudita, y en la final 2006, con el bestial cabezazo que le propinó al granuja de Materazzi, luego de soportar 110 minutos de tirones e insultos de la peor estofa.

Incomprensible, que un jugador expulsado 14 veces a lo largo de su carrera, fuese designado capitán de su equipo. Era genial pero sanguíneo, fácil de irritar, rasgo que sus marcadores explotaban (Materazzi como “estrategia” explícita). La misión de cualquier contrincante de pacotilla era siempre sacarlo de sus casillas. Por desgracia, lo lograban con relativa facilidad. La imagen de este inmenso futbolista, abandonando cabizbajo la cancha del Estadio Nacional de Berlín, después de la sanción, bajo una silbatina universal, lento, apesadumbrado, hundiéndose en el túnel que lo sustraía para siempre al futbol -fue su último partido- se cuenta entre las más penosas de que guardo memoria. ¡Un majestuoso concierto que termina con grosera, chillona pifia en el acorde final: lamentable anticlímax!

Quienes amamos su futbol hemos hecho lo posible por borrar esta foto mental… En vano. Así pues, el último gesto de uno de los más grandes poetas del balón, no habría diferido de la reacción de un australopiteco, hace 3 millones de años. Zidane: el hombre que se derrota a sí mismo. El triunfo de la sombra (Jung), de la voluntad de auto-destrucción.

Por lo que al rufiancillo de Materazzi atañe, su mayor título de gloria habrá consistido en recibir un cabezazo del mejor futbolista de su generación. Ello a tal punto que una estatua en la que veíamos a Zidane embestir a su acosador (bronce, 5 metros de alto, obra del artista argelino-francés Abdessemed) hubo de ser retirada de Qatar por razones religiosas (para los musulmanes, el monumento constituía un acto de idolatría), y deportivas (inmortalizar tal incidente promovía un anti-valor ético).

¡Amigos: montémonos en la “máquina del tiempo” de Wells, y enderecemos el disparo de Pelé a Mazurkiewicz que no fue gol, castiguemos la homicida falta de Schumacher contra Battiston en 1982, exijamos el reingreso a la cancha de Rattin, expulsado en 1966 por un arbitrillo “al servicio secreto de su Majestad”! ¡Volvamos a 2006 y digámosle a Zizou: “controlá el carácter, viejo.

Un bicho liliputiense, canalla innombrable, te va a hostigar durante todo el partido: no caigás en su juego, no nos dejés esa estampa postrera de tu futbol, música pura!”

Zinedine Zidane: el hombre que se derrota a sí mismo

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