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El segundo tiempo era gratis

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Era frecuente llegar a los domingos, el día más futbolero de la semana, sin un cinco en los bolsillos y con ganas de ir al estadio…

Claro, aquellos eran mis años de estudiante universitario; esa época de la vida en la que muchos obtenemos un bachillerato en presupuestos limitados, una licenciatura en el difícil arte de rendir las monedas, una maestría en “algún día podré comprarme eso” y un doctorado en “deme una tajada de pizza y un fresco de cas”.

¿Y cómo gastaba mi dinero a lo largo de la semana?

Casi todo quedaba en las arcas del cantón de Montes de Oca, donde vivía con mi familia en los años ochenta del siglo pasado.

Muy de vez en cuando caía en la tentación de comprar un libro en Nueva Década, esa librería del chileno Eduardo Montecinos donde siempre me ha dado la impresión que los textos se reproducen como cuilos en mesas y anaqueles. Fue así como descubrí las obras de una de mis escritoras favoritas: Carson McCullers.

Otra porción de mis ingresos “engrosaba” la caja registradora de La Canela, la legendaria panadería vecina de la Universidad de Costa Rica.

Imposible resistirse al aroma del pan de canela y los cangrejos dulces o salados que preparaba Antonio Solano, un panadero bigotón que hoy deleita a los cartagos con sus productos.

A veces me daba el gusto de tomarme un café en la soda Guevara, con arreglado o emparedado de carne. Lo más sabroso era la tertulia en compañía de buenos amigos.

No podía faltar, al menos una vez por semana, un helado de palillo en el Songorocosongo, a la par de la línea del tren. Allí eran también obligatorios los refrescos naturales o el plátano maduro con queso.

Uno que otro sábado por la noche mi delgada billetera enflaquecía aún más en el restaurante chino Mi Sam, ubicado en plena calle de la amargura, o bien en la ventana de una licorería donde saboreaba —en compañía de mi barra de amigos— tacos, empanadas de carne, frijol y queso, y tortillas tostadas “arregladas” con salsas.

Como ve, sobraban razones para llegar a los domingos sin un cinco en los bolsillos. Por eso agradecí y le saqué el jugo a la hoy desaparecida práctica de ingresar gratis a los estadios de primera división durante el segundo tiempo de los partidos.

Mis hermanos y yo aprovechamos ese beneficio en incontables ocasiones. No teníamos dinero ni para un patí o una Coca, tampoco para pagar los pasajes de regreso (retornábamos a casa a pie o a punta de aventón), pero éramos felices porque —como suele suceder en la vida— los mayores placeres no cuestan nada.

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