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Magníficos

El colega del Diablo

No hay que llamarse a engaño. Los rollos de este personaje oloroso a azufre no son teológicos.

Aquel domingo no fue la excepción; al igual que todos los primeros días de la semana, se trató de una jornada especialmente difícil para el Diablo. “En ocasiones como esta es cuando reniego del refrán popular que reza “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”, pensó mientras ingresaba en su bar favorito: El Edén.

El nombre del paraíso perdido le trae siempre buenos recuerdos, por eso lo visita cada vez que la vida es un infierno. Evocar el exitoso plan que culminó con la expulsión de Adán y Eva lo pone de buen humor y le ayuda a sobrellevar las experiencias en las que los ángeles parecen salirse con la suya.

No hay que llamarse a engaño. Los rollos de este personaje oloroso a azufre no son teológicos. Los reveses dominicales no son producto de todo lo que se dice en su contra en muchas iglesias; ya está acostumbrado a escuchar ataques fundados y bien argumentados -algunos de ellos-e infundados y fantasiosos -la mayoría-.

“Ninguna campaña de mercadeo es tan buena como la que me hacen en algunos templos. Sin duda, soy una marca bien posicionada no tanto por mis estrategias como por todo lo que se predica desde los púlpitos”, reflexionó al tiempo que se tomaba el primer trago doble de Cacique.

El vecino de barra notó que el cachudo no estaba de buenas. Antes de hablarle se encomendó a Tatica Dios y acto seguido le preguntó por qué se le veía alicaído. El Pisuicas ordenó un chifrijo (le gusta jalarle el rabo a la ternera) y luego contestó: “Estoy harto de ser siempre el culpable de todo, absolutamente todo. Resulta que todos los crímenes y delitos, ¡TODO! es culpa mía”.

“Lo entiendo, a mí me pasa lo mismo”, expresó aquel contertulio. La reacción de Satanás (su segundo nombre) no se hizo esperar: “¡Qué va a entender nada! Ningún ser de este planeta sirve tanto de chivo expiatorio como yo”. El otro no se quedó callado: “Pues aunque no lo crea, sí comprendo su situación. Sé bien qué se siente ser el culpable de todo”. El Diablo, que ya se había bebido tres Caciques dobles, explotó: “¡Sea necio! ¡Majadero! ¡No joda!” “Que sí lo entiendo.

A mí me pasa algo muy similar”. “¡Por Dios! —exclamó Lucifer (apellido paterno)—, ¡usted no tiene la menor idea de lo que estoy diciéndole! A usted nadie lo culpa de todo lo malo que ocurre”, manifestó y de inmediato le propinó un codazo al vecino de barra.

El hombre, experto en reaccionar ante ese tipo de agresiones, introdujo la mano derecha en la bolsa de la camisa y le mostró una tarjeta roja directa al Diablo; de inmediato sonó el silbato y dio por finalizada la conversación.

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