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Futbol en clave

Lo bueno de esta historia es que a pesar del dolor y los reveses nunca te diste por vencido

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Recuerdo aquella tarde en que la vida se olvidó del Fair Play y empezó a jugarte sucio. Me dolió en el alma tu llamada telefónica para contarme que la mala fe te había pateado la espinilla, la mentira se ensañó con tus costillas y la cobardía te embistió con una barrida artera por detrás. Y, para colmo de males, no hubo pitazo, amonestación verbal ni tarjeta amarilla o roja.

A partir de ese día la experiencia de existir se transformó, en tu caso, en una pesadilla en la que los lunes quedabas fuera de juego; los martes, no te alineaban; los miércoles, no te pasaban la bola; los jueves, te abucheaban; los viernes, te cambiaban apenas empezando el partido; los sábados, te expulsaban, y los domingos ni siquiera te dejaban entrar en el estadio.

No sé si exagero pintando este panorama, pero al menos así percibía yo las injusticias que se cometían en tu contra en un partido desigual. Ya fuera que asistiera al estadio, escuchara las transmisiones de la radio, te viera por la televisión o leyera las crónicas deportivas publicadas en los periódicos, la historia era la misma: te echaban el rey de manera descarada; parecía que siempre pitaban los árbitros del Mundial de Futbol Brasil 2014…

Una y otra vez te vi clamar por justicia, apelar, pretender el debido proceso, clamar por la equidad, rogar que escucharan tu versión, suplicar misericordia; sin embargo, todas tus ofensivas se estrellaban contra los verticales y el horizontal, o acababan en goles anulados, en tanto que los planteamientos defensivos concluían con penales en contra o el portero expulsado.

Estabas golpeado y lesionado en tu autoestima, ¿cómo no si te obligaban a jugar con los ojos vendados, los pies descalzos, las manos atadas? Veías la bola, ¡pitazo!; la rozabas, ¡pitazo!; la pateabas, ¡pitazo!; la cabeceabas, ¡pitazo!; la pedías, ¡pitazo!; la parabas con el pecho, ¡pitazo!; la pasabas de taquito, ¡pitazo!; cobrabas un tiro libre, ¡pitazo!; ejecutabas un tiro de esquina, ¡pitazo!; hacías un saque de banda, ¡pitazo!; iniciabas una jugada de pared; ¡pitazo! Aún así, siempre cantabas el himno al Fair Play con la dignidad de un jugador honesto.

Lo bueno de esta historia es que a pesar del dolor y los reveses nunca te diste por vencido. Jamás renunciaste a la esperanza de que algún día la vida fuera justa, jugara limpio y le diera vuelta al marcador.

Siempre saltaste a la cancha con espíritu de lucha. Valió la pena; lo dicen los puntos a favor que empiezas a sumar en la tabla de posiciones de la vida. Y muchos celebramos cada gol con lágrimas de alegría y gratitud.

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