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MAGNÍFICOS

Un golazo de 43 años

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Andrómeda ya estaba cansada de hacer siempre la misma jugada: parar el balón con las estrellas de su pecho, bajarlo al césped nocturno y pasárselo a Aries con un taquito de sus nubes de polvo y gas.

Lo mismo le ocurría a Casiopea, quien poseía toda una constelación de remates exquisitos. Se sentía aburrida de burlar siempre a la Osa Mayor, gambetear a El Centauro, hacerle el túnel a Orión, pero estrellar la bola contra el horizontal.

Ni qué decir de Hércules, a quien ya no le apasionaba defender la portería de su equipo con una defensa dispuesta en línea de cuatro: Epsilon, Zeta, Eta y Pi.

Algo similar experimentaba Pegaso. No sentía mayor emoción al entrar de cambio, a mediados del segundo tiempo, con su cúmulo globular septentrional ubicado a 34.000 años luz. Su actitud era evidente para el director técnico, Neptuno.

El caso de Perseo era más crítico. Ya no asistía a los entrenamientos; prefería cumplir con su eterna labor de cruzar la Vía Láctea y ser apreciada en el cielo norte entre julio y marzo.

A Mercurio, el planeta más cercano al Sol, lo dominaba la indecisión: a ratos calentaba para jugar y alcanzaba temperaturas de hasta 400 grados centígrados, pero rápido se desanimaba y caía fácilmente en los 200 grados bajo cero.

Así por el estilo le ocurría al Universo. A sus planetas, constelaciones, cometas, asteroides, meteoritos, nebulosas, ¡todos sus habitantes!, les gustaba el futbol, pero los desmotivaba la ausencia de goles, la incapacidad de los delanteros para anotar con esa bola llamada Luna.

Sin embargo, esa frustración llegó a su final hace 43 años, el 20 de julio de 1969, cuando el hombre llegó a la Luna. Los astronautas Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins remataron y anotaron un golazo histórico con aquella bola de 4.500 millones de años y situada a una distancia de 385.000 kilómetros de la Tierra.

No es por alardear, pero a los siete años fui testigo de ese golazo transmitido en vivo por la televisión. Deseo hacer un golazo con ese balón de roca, lava y polvo. Lo patearía con el borde interno de mi pie derecho, justo en el cráter Copernicus, de modo que haga una curva y se cuele en el ángulo superior izquierdo de la Vía Láctea. Luego, celebraría con las estrellas y me traería a la Luna de recuerdo.

Todas las noches sueño con subir al cielo y anotar un golazo.

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