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MAGNÍFICOS

La gramilla de la piel...

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Césped natural de vellos, lunares y poros en el que se juega mejor al “futbol” con urgencia de caracol e impaciencia de tortuga, aunque aplicando, cuando así lo amerita, pequeñas pausas esporádicas (para repensar la estrategia) y también prisas excepcionales (cuando se impone el ataque sorpresa).

Allí no mandan el reloj ni el cronómetro con sus dictados rutinarios de dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, un descanso de quince y, rara vez, tiempos extra y penales. Hay que afinar el oído para captar el tic tac de respiraciones, gemidos y susurros; se juega al compás de retozos y jadeos, no de segundos y minutos.

No solo eso. En ese campo los partidos no se programan. La espontaneidad está por encima del calendario, el deseo es más importante que el cronograma y las ganas no dependen de las fechas.

Asimismo, no se recurre a jugadas de pizarra. En todo caso, es mejor alinear a la imaginación, la creatividad y la improvisación en lugar de la planificación, el guión y el esquema. En ese terreno se gana con magia y ternura más que con teoría y cálculo.

Tampoco hay árbitros que impongan reglas absurdas o pasadas de moda, corten el ritmo del juego con pitazos estridentes y amenacen con ejecutar expulsiones de la cancha-paraíso con tarjetas rojas y amarillas. Mucho menos, guardalíneas que señalen inexistentes fuera de juego; el concepto “posición prohibida” no existe en ese terreno de perfumes y sudores donde se juega mejor si se va la luz.

Aficionados y periodistas brillan también por su ausencia. Se trata de un partido privado, una contienda íntima de jugadas de pared en el cuello, saques de banda en la espalda, taquitos en el abdomen, tiros de esquina en las caderas, tiros libres en los tobillos, chilenas en las rodillas, boleas en la entrepierna, centros en las plantas de los pies...

Es decir, recorrer la gramilla de esa piel requiere la inteligencia de Andrés Iniesta, la habilidad de Lionel Messi, la pasión de Carles Puyol, la explosividad de Cristiano Ronaldo, la picardía de Ronaldhino Gaúcho, la magia de Radamel Falcao, la inteligencia de Thomas Müller, la persistencia de Arjen Robben, la entrega de Franck Ribéry, la experiencia de Francesco Totti, el olfato a gol de Wayne Rooney. Todo ello bajo la batuta de Pep Guardiola.

Y mientras usted lee estas líneas, le robo la espalda al pudor, burlo al rubor, ingreso en el área chica del césped natural de vellos, lunares y poros, remato y anoto un gol. Bola al centro, me digo, y acomodo el balón en el ombligo de la media cancha.

En la gramilla de la piel no se recurre a jugadas de pizarra

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