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MAGNÍFICOS

La vida juega futbol

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A veces la vida se cansa del saco (el de reuniones de junta directiva o presentaciones de planes estratégicos), la camisa de manga larga (la de las reuniones de gerencia y visitas a clientes) y la corbata de seda italiana (la de negociar con proveedores y solicitar un crédito), y sin pensárselo dos veces se despoja de estas prendas, las arroja en el canasto de la ropa sucia y se pone la camiseta de su equipo de futbol favorito. Le luce. Ocurre también que se harta de los pantalones elegantes (los de encerronas que concluyen entre whiskys y vinos), las fajas último modelo (esas de citas algunas veces improductivas) y los pañuelos importados (los de encuentros con superávit de anglicismos y déficit de español y costarriqueñismos), y en un abrir y cerrar de ojos se libera de ellos, los guarda en el ropero hasta nuevo aviso y viste la pantaloneta del campeón nacional. Se le ve bien.

Hay días en los que no quiere saber de zapatillas de cuero (las de almuerzos donde el entremés es el tipo de cambio y el postre el presupuesto para el próximo período) ni de calcetines propios del buen vestir (esos que se muestran en seminarios, debates o mesas redondas), y sin esperar segunda orden se los quita, los mete debajo de la cama y los sustituye por medias gruesas y altas y tacos confortables. Elegancia sobre la cancha. Sucede que de cuando en cuando se siente atada a la valija ejecutiva (la que porta información confidencial), el maletín de la computadora portátil (donde carga el último grito de la moda tecnológica) o la mochila (la de la ropa del gimnasio que paga puntualmente pero casi nunca utiliza), y se da el gusto de soltar esas amarras y empuñar el bulto donde lleva la botella de agua, el Cofal y las espinilleras. El placer antes que el deber.

Hay épocas en las que se niega a caminar sobre pisos alfombrados (de los departamentos de Mercadeo y Publicidad), de maderas enceradas (Recursos Humanos y Finanzas) y mosaicos pasados de moda (Materiales y Seguridad), y se desata y retoza como un niño sobre el césped de plazas de barrio. Tremenda catarsis. Me gusta cuando la vida se siente así, porque entonces se olvida de las patadas del día a día, los codazos en la empresa, las zancadillas en la oficina, las posiciones fuera de juego en la fábrica, la competencia desleal con el rival, los pleitos de gradería entre compañeros, los penales del chisme y el rumor, la deshidratación que produce la sed de poder y anota un golazo que nos hace recordar lo esencial. Y uno grita ¡GOL! con el corazón.

Ocurre también que se harta de los pantalones elegantes

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