Publicidad

MAGNÍFICOS

Mis queridos goles…

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

Los primeros goles que anoté en mi vida no fueron coreados ni celebrados por una efusiva multitud de aficionados. No podía ser de otra manera, pues los marqué, siendo apenas un niño de kinder, en un futbolín en el San Ramón de Alajuela de mediados de los años 60 del siglo pasado. Después vinieron mi segunda tanda de goles, que no fueron cantados por ningún locutor de aquella época. ¿Cuál emisora de radio iba a atreverse a transmitir las hazañas deportivas realizadas por un chiquillo en la plaza de futbol que había entre el cine Chassoul y la iglesia El Tremedal en la tierra de los poetas?

El grupo de los terceros goles nunca figuraron en las portadas de los principales periódicos de circulación nacional ni en las secciones deportivas. La verdad, no me extraña que así haya ocurrido ya que tuvieron lugar en el patio de la escuela Jorge Washington en aquella misma comunidad. Una suerte similar enfrentó la camada de mis cuartos goles. Ninguna de las televisoras costarricenses envió a sus equipos de camarógrafos para transmitirlos en vivo y a todo color. De seguro no resultaba para nada rentable darle bola a las mejengas de güilas en las calles de tierra de San Ramón.

La serie de quintos goles se quedó con las ganas de ser comparados con las mágicas anotaciones de los brasileños Pelé y Garrincha. No podían tener otro destino pues los marqué en la plaza del barrio Los Ángeles de Liberia, Guanacaste, un terreno donde abundaban las macollas, los huecos y las boñigas de caballo. Después vinieron los sextos goles, los cuales nunca han figurado en el libro de los récords Guinnes, y eso que algunos de ellos fueron —modestia aparte— de película. Claro, ningún historiador o estadístico andaba observando lo que ocurría en el patio de la escuela Ascensión Esquivel, en la llamada Ciudad Blanca. Los sétimos goles no forman parte de los archivos de ESPN ni de Fox Sports. Lo mejor de ellos es que se los dediqué a la chiquilla pecosa que me tenía como loco en el quinto grado de la escuela John F. Kennedy, siempre en la pampa. ¿Qué decir del bloque de los octavos goles? No son la envidia de Messi, Ronaldo o Robben. Claro, ellos nunca estuvieron presentes cuando los marqué en la plaza de Curridabat.

La situación no cambió con los novenos, décimos y demás grupos de goles que anoté en mi calidad de mejenguero. Todos ellos pasaron inadvertidos, sin pena ni gloria, en el mundo del futbol profesional; sin embargo, los atesoro y recuerdo con mucho cariño pues cada uno de ellos me permitió lograr lo que no siempre consigo en la vida diaria: expresar mis emociones con absoluta libertad.

De seguro no resultaba darle bola a mejengas de güilas

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

Publicidad

Sondeo ¡Participe!

¿Marcará diferencia la ventaja deportiva en las semifinales del Torneo de Invierno?

Ver resultados

Publicidad