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MAGNÍFICOS

Plan equis

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Todos los domingos por la mañana ocurría lo mismo: Frank Lemuel, José David, Edwin Alejandro y Ricardo aguardaban impacientes la primera oración que se hacía durante los servicios religiosos que se celebraban en la Iglesia Bautista de San Pedro de Montes de Oca.

Y no era que esos cuatro hermanos, entre adolescentes y jóvenes, se murieran de las ganas por elevar al cielo aquellas plegarias que tenían lugar entre las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado. Lo que ocurría era que el momento de conversar con Dios era el más apropiado para que aquellos muchachos se fugaran del culto, precisamente porque todos los fieles cerraban los ojos mientras oraban. Así nadie los veía escapar a hurtadillas. Huir tenía siempre un mismo propósito: ir a la casa pastoral –ubicada a la par del templo– para ver por el televisor los partidos del Saprissa.

Así, mientras el pastor (padre de los cuatro prófugos) predicaba sobre el cielo y el infierno, sus hijos se enfocaban en Saprissa y la Liga; en tanto los feligreses cantaban himnos y coritos, los desertores coreaban goles y autogoles; al mismo tiempo que en la iglesia se leía el relato bíblico del diluvio de Noé, en la casa pastoral llovían gritos y emociones, y justo cuando algún niño recitaba un poema sobre el Edén, a pocos metros se disfrutaba del paraíso del futbol. El acto de fugarse con ese objetivo fue denominado por sus protagonistas con el nombre de “Plan equis”, debido a que esa era la letra que alguno de los hermanos imitaba disimuladamente con sus dedos –durante los cultos– para invitar a los demás a escapar.

No pocos domingos la madre de aquellos fiebres se percató de la fuga y acudió de inmediato a la casa pastoral con el firme propósito de hacer que sus hijos pródigos retornaran al templo. Apenas aquellos muchachos escuchaban los pasos de su mamá apagaban el televisor y corrían a esconderse en el primer sitio que encontraran. Fue así como algunas veces Frank Lemuel se refugió en la canasta de ropa limpia (el escondite favorito), José David se atrincheró en la parte alta del closet, Edwin Alejandro se camufló debajo de alguna cama y Ricardo se ocultó detrás de la cortina del baño. Cualquiera fuera el rincón elegido, la madre siempre los encontraba y los “invitaba” a reincorporarse al servicio religioso.

Los cuatro hermanos acataban la orden, pero lejos de concentrarse en el resto del culto afinaban sus oídos en aras de escuchar el tenue eco de la transmisión deportiva que llegaba desde Fito's Bar. Expresado en lenguaje matemático, de alguna u otra manera despejaban la equis.

Huir tenía un mismo propósito: ver los partidos del Saprissa

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