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MAGNÍFICOS

Bistec con tierra

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Nunca olvidaré el día en que comí carne con tierra: domingo 6 de agosto de 1972. Era poco más del medio día cuando mi madre me envió a comprar un kilo de bistecs de hígado en una de las carnicerías de Curridabat. La encomienda no me hizo gracia, pues a esa hora escuchaba por radio la transmisión del partido que las selecciones mayores de futbol de Costa Rica y México jugaban en el viejo Estadio Nacional.

No era un juego cualquiera. Se trataba ni más ni menos de uno de los más difíciles duelos en la ruta hacia el Mundial de Alemania de 1974. Y, como si fuera poco, contra el más enconado rival tico en el área, un equipo acostumbrado a tenernos bajo el zapato. Pero bueno, en lugar de perder tiempo lamentándome o posponiendo la tarea decidí ejecutar la asignación de una vez por todas. Dinero en mano salí en carrera en busca de aquellos manjares que siempre me han gustado con cebolla y tomate.

Tenía yo casi 11 años, por lo que llegué a la carnicería sin jadear y sin derramar ni una sola gota de sudor. El dependiente, consciente de mi urgencia, escogió, pesó y empacó las lonjas lo más rápido que pudo. Entregar el dinero y recibir el vuelto fue asunto de segundos. Salí de aquel local con la carne envuelta en papel periódico. No me refiero a pliegos nuevos, sino a planas de ediciones pasadas del diario La Nación. Todo iba bien hasta que a través del escandaloso radio de un vecino escuché a José Luis “Rápido” Ortiz gritar a todo pulmón el único gol que se marcó en aquel partido y con el cual le ganamos a nuestro archienemigo: obra de Fernando “Príncipe” Hernández, al minuto 83.

La anotación fue la cereza en el pastel de una jugada tejida entre dos jugadores a los que idolatraba y aún admiro: Edgar Marín y Asdrúbal “Yuba” Paniagua; este último centró el balón luego de burlar al defensa mexicano Guillermo Hernández y “Príncipe” hizo el resto con un remate potente.

Fue tal el brinco que di para celebrar el gol que uno de los bistecs se salió del empaque y cayó sobre la calle. Lo recogí de inmediato, lo desempolvé lo mejor que pude y memoricé su forma. Por supuesto que al llegar a casa no revelé mi secreto, pero en cuanto mi madre puso sobre la mesa los bistecs cocinados me apresuré a servirme el que se me había caído, pues si alguien tenía que comerse la carne con tierra era yo.

¿Que si me cayó mal ese almuerzo? ¡Para nada! Es más, si le ganamos a México el próximo 15 de octubre en el nuevo Estadio Nacional no se extrañe si festejo con mi segundo bistec de hígado con tierra.

Por cierto, sabe bien...

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