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MAGNÍFICOS

¡Recreo!

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En esta cancha no hay graderías... La verdad, no hacen falta. En su lugar hay árboles: laureles, esos gigantes flacos que bailan boleros con el viento y tangos con la lluvia; unos cuantos cítricos que invitan a saciar la sed con el jugo que hay debajo de su piel, y otras especies donde los pájaros tejen nidos y el tiempo barbas y bejucos.

Tampoco hay barras... Mejor así, sin violencia. Las canciones y porras corren por cuenta de un coro de chicharras, ranas y grillos. No faltan el cacareo de las gallinas vecinas, el canto de algún gallo enamorado, la gritería de los pericos, el relincho de un caballo trotador o el mugido chineado de un ternero.

¿El terreno de juego está debidamente marcado?... ¡Olvídese de esos maquillajes reglamentarios! Aquí no cuentan el rímel de cal ni el lápiz labial de pintura. Las únicas marcas son los trillos de zompopas o las pisadas de los zaguates que de cuando en cuando invaden el campo.

Los locutores deportivos también brillan por su ausencia... Las únicas transmisiones están a cargo de la brisa, esa voz refrescante que difunde los alegres ecos de gritos de gol que cabalgan sobre su lomo de viento sin montura ni riendas.

Ni un solo aguatero... Pero sí muchos aguaceros. Abundantes. Generosos. Diluvianos. El cielo no juega, pero sus nubes sudan chorros. Los jugadores abren sus labios y beben; si la sed es poca, basta un sorbo de llovizna, pero si es mucha, un trago de chaparrón se desliza por el tobogán de la garganta. Mejor así, sin ingredientes artificiales; más saludable y no hay que retornar el envase.

Mucho menos una rumberita... Ocasionalmente alguna mariposa revolotea sobre el césped ostentando gracia y color. Poema alado. Suspiro de ángel. Acuarela hambrienta de polen.

¿Y los futbolistas tienen tacos?... Ninguno de ellos, pero eso no es excusa para no jugar, divertirse, pasarla bien. Es más, algunos juegan descalzos, sintiendo la frescura y suavidad del zacate. Y si hay barro ¿qué importa? Nada mejor que lavarse los pies con agua de pozo, bajo la ducha del invierno o en algún riachuelo; cualquiera de estas opciones supera con creces a los fríos y aburridos baños de camerino.

Tampoco hay uniformes... Digo, deportivos, porque todos –niños y niñas– juegan con el uniforme azul y blanco de la escuela. Y es que nada mejor que invertir los 15 minutos del “recreo grande” en una mejenga de todos contra todos. Así ocurre, así lo observé el viernes pasado, en la escuela de la comunidad La Verbena de Upala, en la provincia de Alajuela.

Un sorbo de futbol que aún estoy saboreando...

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