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MAGNÍFICOS

Gol de Morfeo

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Hay partidos de futbol que invitan a apagar el televisor y trasladarse a jugar sobre las sábanas, esas canchas que no son de gramilla ni de césped sintético, sino de algodón. Allí, lo sabemos todos, se juega con la luz apagada y preferiblemente sin ruidos, pues gana quien se duerma pronto y concilie el mejor de los sueños. Los ronquidos y los zancudos, por lo tanto, están fuera de juego. Se trata de contiendas deportivas que nos tientan a trocar la bola por la almohada, pues los equipos, en especial los delanteros, son incapaces de anidar el balón en la red del marco, mientras que el cojín nuestro de cada noche aguarda por nuestras somnolientas cabezas en el fondo de la funda. Si vamos a cabecear, que sea sobre la espuma y las plumas, no frente a la pantalla chica.

En esas ocasiones, por fortuna no muy abundantes, lo que le apetece a uno –en calidad de aficionado electrónico– es ejecutar de inmediato un planteamiento de línea de cuatro: masajito, bostezo, whiskito y un buen beso de buenas noches. Con esta defensa los goleadores Insomnio, Desvelo y Trasnocho se las ven a palitos para salirse con la suya. Y si además se refuerza la media cancha con un abrazo bien sabroso, de seguro será un sueño de partido y no un sueño partido (que es muy diferente). A mí me ha ocurrido. Hay juegos tan aburridos que no ha terminado el primer tiempo cuando ya quiero dejar de ver uniformes morados, rojinegros, rojiamarillos o azules, pues la única indumentaria que me apetece es la pijama y la bata. Asimismo, en esos momentos, son más importantes las pantuflas que los tacos y me interesan más los dígitos del reloj despertador que los números del marcador eléctrico del estadio. El efecto somnífero es aún más agudo si horas antes me he deleitado con un partido Bayern Múnich-Chelsea o Real Madrid-Barcelona; lo sé, las comparaciones son odiosas, pero en estos casos ¿cómo negarse a comparar?

Y no se trata de ser implacable. No. Primero hay que concederle al partido el beneficio de la duda, ser un tanto condescendiente. No obstante, en caso de que el espectáculo siga igual o empeore, no hay que dudar en mostrarle la tarjeta amarilla, y si persiste en agredir nuestro buen gusto futbolístico pues no queda más camino que recurrir a la tarjeta roja (y en este caso extremo no hay que permitir la alcahuetería de las apelaciones). Anímese, sin duda le irá mejor con la cobija y el edredón. Téngalo presente: cuando le toque ver otra mejenga narcótica-soporífera-dormitiva-sedante no se punce el hígado. Deje que Morfeo le gane por goleada en la cancha de las sábanas.

Hay partidos de futbol que invitan a apagar el televisor

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