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Don Quijote de la cancha

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En un lugar de la cancha, de cuyo nombre sí quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un fanático de los de bandera del equipo favorito, camiseta del goleador, comentarios envenenados y bromas a los hinchas contrarios.

Partidos de la liga española por ESPN, resumen de la Champion League por Fox Sports, nervios y uñas comidas los sábados, quinielas los viernes, asistencia a algún estadio los domingos, consumían las tres partes de su agenda. El resto del tiempo escuchando “Sensación Deportiva”, “Oro y Grana”, comentando los juegos en la barra de algún bar, y los días entre semana se honraba con los DVD's de goles que veía, gritaba y celebraba una y otra vez. Tenía en su casa una esposa que odiaba el futbol, una hija que se quejaba del aguacero de transmisiones deportivas, y un hijo de campo y plaza, que apenas regresaba del colegio calzaba los tacos y se iba a mejenguear.

Frisaba la edad de nuestro fanático en los cincuenta años: tenía complexión de defensa, carnes de portero, rostro de líbero, gran dominador del balón y amigo de “gastarla”. Quieren decir que tenía el sobrenombre de “Paté” o “Chunche”, que en esto hay alguna diferencia entre los miembros de la Ultra y de la Doce; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba “Fiebre”. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que la narración de él no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho fanático los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a ver programas de futbol en la televisión con tanta afición y gusto que olvidó casi del todo punto el ejercicio del estudio y del trabajo; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchos de sus electrodomésticos para comprar DVD's de futbol, y así, llevó a su casa todos cuantos adquirió de ellos, y de todos ningunos le parecían tan buenos como los que mostraban al famoso Lionel Messi; la genialidad de su juego y aquellas corridas y remates le parecían perlas.

Con estas razones perdía el pobre fanático el juicio y desvelábase por entender y desentrañar el sentido de aquello que no entendía el mismo Mourinho. En resolución, se enfrascó tanto en la pantalla chica que se le pasaban las noches viendo futbol de canal en canal y de DVD en DVD, y los días lo mismo; y así, del poco dormir y del mucho futbol, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele de fantasía todo lo que veía y confundió la realidad con goles, penales y tarjetas rojas y amarillas.

Perdía el pobre fanático el juicio y desvelábase por entender

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