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Jugaba bola, no fútbol

Un año atrás todo parecía indicar que el equipo A ganaría con relativa facilidad la final de un campeonato que se juega cada cuatro años en el país.

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Un año atrás todo parecía indicar que el equipo A ganaría con relativa facilidad la final de un campeonato que se juega cada cuatro años en el país.

Haber triunfado en los dos últimos torneos y enfrentarse a conjuntos aparentemente débiles lo posicionaban como el gran favorito para sumar un nuevo trofeo. El partido, decían algunos, sería un mero trámite.

Tan claro y definido lucía el panorama que los aficionados no se preguntaban cuál sería el nuevo monarca, sino por cuántos goles de diferencia vencería en la que se presumía sería la última contienda; se daba por un hecho que habría una humillante goleada.

Las inquietudes giraban también en torno a cuál escuadra ocuparía el segundo lugar (distante del primero en la tabla de posiciones), cuál el tercero (aún más lejano) y así sucesivamente…

Los integrantes del equipo A se sentían victoriosos. Asistían a estadios, plazas y gimnasios con aire triunfalista y sonrisas de tricampeones (proeza nunca antes alcanzada en este campeonato).

Sin embargo, de repente el equipo A empezó a ceder terreno (portería vulnerable, defensa frágil, medio campo poco creativo, delantera lenta, banca poco renovada) al tiempo que las escuadras B, C y D comenzaron a crecer, mostrarse más sólidas.

Aún así, los otrora favoritos no reaccionaron a tiempo, se durmieron en los laureles, no dieron golpes de timón de manera oportuna. Se comportaron como si en sus filas contaran con Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Franck Ribéry.

Lejos de decaer, la tendencia de fortalecimiento de los equipos que habían parecido inofensivos se mantuvo y consolidó. Así, en cuestión de pocos meses el panorama cambió radicalmente. Ya no había un claro favorito, mucho menos soplaban aires de goleada. La afición comenzó a comentar la posibilidad de que la final se fuera a tiempos extra.

Y así sucedió. La contienda no se resolvió en 90 minutos de juego, como pretendía el equipo A, sino que se prolongó, se fue al alargue. Fue allí donde el entrenador del equipo cometió un grave error: reunió a sus jugadores en el camerino para anunciarles que renunciaba a la meta de ganar el torneo porque el cuadro se había quedado sin dinero para pagar entrenamientos, alimentación, hidratación, transporte, trabajo de gimnasio, tacos, balones, uniformes…

Jugadores, dirigentes y aficionados se percataron, en ese instante, que aquel director técnico conocía el arte de jugar bola, pero no el de practicar futbol. ¿Hace falta decir cuál fue el resultado de los tiempos extra?

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