Publicidad

Magníficos

Maradona

No es santo de mi devoción, pero todo mi respeto y solidaridad para quien lucha por librarse de las drogas.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

FOTO: AFP

Soy ateo de Maradona. Es decir, no creo que este exfutbolista argentino sea un dios (así con minúscula); mucho menos, Dios (así con mayúscula), aunque su futbol tenía mucho de divino. Por lo tanto, no lo adoro, alabo ni rezo, no tengo en casa un altar con su foto ni acudiría a él para suplicarle por salud, trabajo o amor.

No sueño con asistir a su iglesia, la Maradoniana; no me veo en ese templo decorado con balones y en donde algunos fanáticos del balompié celebran el cumpleaños de Diego Armando como si se tratara de la Navidad. Tampoco formaría parte de una procesión donde su imagen sea cargada en andas mientras los fieles baten palmas en un ambiente oloroso a incienso ni me sumaría a una romería desde Costa Rica hasta Lanús, Argentina, donde nació el genio que guió a la selección albiceleste hacia la obtención del título de campeones en el mundial México 1986.

Asimismo, de mi cuello no pende una cadena con un dije del “ Pelusa”, en mi billetera no hay espacio para una postal de este polémico y mediático personaje luciendo un círculo luminoso detrás de su cabeza y nadie me ha visto nunca ingresar a una tienda de artículos religiosos para preguntar si tienen alguna escultura de Maradona similar a las que se venden del Padre Pío, San José o la Virgen de Guadalupe.

En mi opinión, este exmediocampista nacido el 30 de octubre de 1960 no tiene siquiera rasgos de ángel, querubín o serafín.

Sin embargo, tampoco creo que sea el diablo o el demonio que muchos pintan. Lo veo sencillamente como un ser humano, con toda la carga de emociones, pasiones, controversias, contradicciones, amores y odios, y yerros que esto conlleva. Esto significa que lo que él diga o haga no es dogma ni santa palabra pero tampoco blasfemia o herejía; es, simplemente, el acto o punto de vista de una persona ante el cual podemos reaccionar con indiferencia o estar favor o en contra.

Por eso me resultan chocantes, e incluso enfermizas, las hogueras inquisidoras que muchos encienden —en especial en las redes sociales— cada vez que Maradona es noticia. Lo más triste del caso son los ataques despiadados que hacen mofa de su pasado adictivo. Solo quien ha vivido el infierno de las drogas —sea como toxicómano o como pariente de alguno— conoce el sufrimiento, tormento y desgarro que ello implica. Por lo tanto, una condición como esta debería ser descartada como arma de ataque.

Maradona no es santo de mi devoción, pero todo mi respeto y solidaridad para quien lucha por librarse de las drogas.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

Publicidad

Sondeo ¡Participe!

¿Marcará diferencia la ventaja deportiva en las semifinales del Torneo de Invierno?

Ver resultados

Publicidad