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Memorias de un clásico

El tipo rodó gradas abajo y quedó sin sentido. Sus amigos lo alzaron y se lo llevaron.

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Mi padre, un hombre flaco como Don Quijote y pacífico como Gandhi, se detuvo frente a uno de los muchos aficionados que ya estaban sentados en la gradería de sombra del estadio Ricardo Saprissa y le dijo: “Joven, disculpe que lo moleste, ¿nos permite pasar para ocupar aquellos campos vacíos?”

La respuesta –sorpresiva e insolente– no se hizo esperar: el aficionado se puso de pie, encaró a mi viejo y le disparó unas palabras que escuché con mis oídos de adolescente: “Yo no le doy campo a hijueputas”.

Me hirvió la sangre, lo confieso, pero ¿qué podía hacer un carajillo de apenas 13 años ante un matón que parecía rondar los 30 años? Tengo que admitirlo: ¡Nada!

Pero ahí estaba Fernando Esquivel, leal amigo de San Ramón de Alajuela, levantador de pesas que había formado parte de la delegación costarricense en los Juegos Olímpicos de México 1968.

Sin pensarlo dos veces, aquel atleta se interpuso entre mi padre y el bravucón, y confrontó a este último: “Usted no tiene derecho a ofender a una persona decente como este hombre que le pidió un favor de manera respetuosa. ¿Por qué no me dice a mí lo mismo si es tan valiente”.

Mi viejo tomó a Fernando de uno de los brazos y le pidió que se calmara y olvidara aquel asunto sin importancia. El intento fue en vano, sobre todo porque el matón le echó leña a la hoguera: “Claro que sí, con mucho gusto. Yo no le doy campo a hijueputas”. Y, como si fuera poco, de inmediato le lanzó un golpe a nuestro amigo, quien detuvo el misil con la fuerza de su mano izquierda y respondió con un gancho de derecha directo al rostro del fanfarrón.

El tipo rodó gradas abajo y quedó sin sentido. Sus amigos lo alzaron y se lo llevaron.

Lo que es la vida: algunas semanas después aquel hombre y Fernando se encontraron por casualidad en un negocio josefino. El matón se acercó a quien lo había noqueado, se disculpó por su comportamiento en el estadio y de paso se quejó de lo desigual de aquel pleito, ya que según él, su rival le había pegado con una manopla de acero. Fernando le permitió palpar su puño para que se convenciera de que no tenía necesidad de utilizar un arma de metal. “Híjole, si yo hubiera sabido de su fuerza, le habría dado campo a su amigo”, expresó.

De aquel partido entre el Deportivo Saprissa y la Liga Deportiva Alajuelense, jugado a principios de la década de los 70 del siglo pasado, no recuerdo las alineaciones, las incidencias ni el marcador. ¡Nada! Sospecho que a mí el tiempo sí me golpeó con la manopla del olvido; claro, habría preferido borrar de mi memoria el día en que descubrí que la violencia también va al estadio.

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