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Nos robaron el futbol...

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Esa fue la sensación que experimenté aquella lejana tarde de verano en la plaza del barrio Los Ángeles de Liberia, Guanacaste, cuando un carajillo de unos 12 años nos robó la que había sido la primera bola de fútbol de los hermanos Guevara Muñoz.

Se trataba de un balón de mediano tamaño –número tres--, conformado por pequeñas piezas de cuero hexagonales cosidas unas a otras. Era blanco y nos lo había regalado tío Orlando, el hermano menor de mamá.

Cada tarde, después de haber hecho las tareas escolares, Frank, Alejandro, Ricardo y yo buscábamos aquella bola, que por lo general se encontraba debajo de alguna cama, la inflábamos y nos dirigíamos presurosos hacia el modesto campo de juego de aquel rincón liberiano de calles de tierra, árboles de mango y solares habitados por cerdos y gallinas.

En cuanto pisábamos el ansiado zacate, nos dábamos cuatro gustos pateando y corriendo como locos detrás de aquella pequeña Luna de cuero que nos eclipsaba con su magia y que alcanzaba la luminosa categoría de Luna llena cada vez que anotábamos un gol en los despintados y oxidados marcos.

Ninguno de los hermanos tenía tacos. Jugábamos con tenis, zapatillas o botas; incluso, descalzos. El calzado era lo de menos. Lo importante era intentar replicar sobre la gramilla las hazañas futbolísticas que papá escuchaba cada domingo a través de un radio portátil y que nos permitieron conocer expresiones como "tiro de esquina", "volante", "penal", "delantero", "tiro libre", "portero", "fuera de juego", "defensa" y "gol".

No es cuento, corriendo con balón dominado o rematando a marco nos creíamos Eduardo "Flaco" Chavarría, Errol Daniels o Leonel Hernández... Claro, lo mejor era ser Pelé, nivel que se alcanzaba fugazmente –al menos en las ilusorias mentes infantiles--, cuando se anotaba un golazo o se ejecutaba una jugada que dejaba a todos con la boca abierta.

Desafortunadamente, cierto día apareció en la plaza un carajillo de unos 12 años, a quien invitamos a jugar. En determinado momento empezó a correr con la bola hacia el lado de la cancha donde no estábamos jugando; corrió sin parar y cuando se le terminó la plaza, recorrió la calle y luego se internó en el patio de tucas de un aserradero. Nos robó la bola. Nos robó el futbol.

Esa fue la sensación que experimenté; muy parecido a lo que siento hoy cuando el temor a ser agredido por las barras de fanáticos violentos nos impide asistir a los estadios para disfrutar de la magia del deporte rey. Nos roban el fútbol.

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