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Opinión

Portero

No atajó para ningún equipo del campeonato de primera división; por lo tanto, no pierda usted el tiempo desempolvando y revisando minuciosamente los archivos de su memoria.

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Cada vez que ve una bola, le pican las manos. Si pisa la gramilla, comezón en las piernas. Y si se para dentro del marco que forman dos tubos verticales y un horizontal, no le queda más que rascarse la nostalgia...

Lo he visto varias veces; no me lo han contado. He estado presente en algunas de esas citas con el pasado, reencuentros –a veces planeados; en ocasiones, casuales– con aquellos años en los que fue portero.

No. No atajó para ningún equipo del campeonato de primera división; por lo tanto, no pierda usted el tiempo desempolvando y revisando minuciosamente los archivos de su memoria. Fue, ¡a mucha honra!, guardameta en canchas abiertas; es decir, de equipos de barrio y de empresas... Jugó por amor, nunca por dinero.

Sí, un cancerbero que ejerció su oficio –en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado– con balones de cuero, sin guantes, ante jugadores rudos que nada sabían del Fair Play y en plazas no siempre encaladas adecuadamente y en donde las piedras, la tierra y el barro convivían con el zacate.

Fue un apasionado de la portería, guardián celoso del área grande, perro de traba en el área chica. Suicida del fútbol que no se hincaba ante el delantero rival, sino que se lanzaba con determinación a arrebatarle la bola de los pies. Pájaro de uniforme negro que no lo pensaba dos veces para volar entre compañeros y enemigos cuando había que despejar un balón con los puños. Tenaza humana que se negaba a rechazar una pelota que podía ser atajada, apañada, aprisionada entre sus brazos y el pecho.

No era para menos, sus modelos fueron tres grandes de la portería: los costarricenses Rodolfo “Mudo” Umaña y Mario “Flaco” Pérez, y el soviético Lev Yashin “La araña negra”. Las imágenes de estos guardametas lo acompañaban e inspiraban cada vez que defendía los colores de algún equipo.

Por eso hoy día se enoja y pierde la paciencia cuando la televisión le muestra porteros que se arrodillan –como pidiendo perdón– ante los delanteros, que no saben colocar una barrera ni dónde ubicarse en un tiro de esquina, que desconocen las correctas posiciones de las manos para desviar, rechazar o atajar un balón y que no tienen la menor noción de cuándo moverse y cuándo detenerse.

En esos momentos se pone de pie y le explica a sus contertulios algunos de los rudimentos del guardameta. Emoción en la voz; brillo en los ojos.Cada vez que ve una bola, le pican las manos. Si pisa la gramilla, comezón en las piernas. Y si se para dentro del marco que forman dos tubos verticales y un horizontal, no le queda más que rascarse la nostalgia...

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