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El “Zancudo”

Daba gusto ver jugar al “Zancudo”. Futbol pícaro, alegre, hábil, osado, irreverente, burlón.

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Daba gusto ver jugar al “Zancudo”. Futbol pícaro, alegre, hábil, osado, irreverente, burlón. Clásico granuja de la cancha. Ese era el mote con que los aficionados nos referíamos a Enrique Díaz Harvey, debido a que aquel jugador nacido en Limón el 23 de febrero de 1959 poseía unas piernas tan largas y flexibles como las de ese mosquito capaz de hacernos pasar una mala noche. Entre 1977 y 1996 formó parte de Limonense, Ramonense, Herediano y Saprissa. Con los florenses ganó el campeonato nacional de 1981, con los morados —con quienes jugó de 1984 a 1996— obtuvo cuatro títulos y la campeonización en la Concacaf en 1993. Me refiero al padre del exjugador herediano Junior Díaz, quien milita en la actualidad en el Maguncia de Alemania.

¿Cómo no recordar a aquel zancudo que “zumbaba” buen futbol, volaba de área a área, desvelaba a las defensas rivales, dejaba “picados” a quienes lo marcaban, clavaba su aguijón en el marco contrario, “desangraba” a las aficiones de los otros equipos y resultaba imposible de fumigar? En efecto, Enrique Díaz Harvey no jugaba por jugar o por hacer acto de presencia (no era un mercenario del futbol). Su desempeño en las canchas siempre dejaba roncha y producía escozor. Tenía una virtud poco común en los futbolistas: entretenía y divertía con sus travesuras y genialidades. Además de gritos de ¡gol!, olés y aplausos, cosechaba risas, sonrisas e incluso carcajadas, en especial cuando hacía gala de sus dotes histriónicas al caer tras la falta de algún rival. En esas ocasiones, desplegaba sus brazos como alas de zancudo, aleteaba y, finalmente, aterrizaba sobre el césped.

También alegraban sus festejos cada vez que anotaba un gol, en especial aquellos que eran producto de un furibundo remate de larga distancia. En cada uno daba rienda suelta a la flexibilidad de sus largas y delgadas piernas. Sí, el “Zancudo” era todo un espectáculo. Así lo recuerdo y así voy a evocarlo siempre, corriendo la banda izquierda con la camiseta 15. A Enrique Díaz también lo llamábamos “el negro”, por su piel de noche sin Luna. Le decíamos así con respeto, cariño y admiración, como a un amigo muy querido. Nunca en sentido despectivo ni ofensivo. Después de todo, el racismo nunca ha sido un jugador deseable en las canchas y menos en la vida. ¡Ese sí es un zancudo a exterminar!

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