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Con aroma a marihuana

Aquella barra de amigos del San Pedro de Montes de Oca de mediados de los años 70 del siglo pasado era adicto solo a quemar “fiebre”.

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Aquella mejenga de calle ciega (sin salida) olía a marihuana…

Y no era que alguno o varios de los jugadores, entre niños y adolescentes, estuviera fumando dicha hierba. No, aquella barra de amigos del San Pedro de Montes de Oca de mediados de los años 70 del siglo pasado era adicto solo a quemar “fiebre”.

Así lo hacían noche tras noche en una vía que desembocaba contra la línea del tren al Atlántico, ubicada en la siguiente dirección: de la agencia del antiguo Banco Anglo Costarricense (en la entrada a la Calle de la Amargura) 100 metros al norte y 100 al oeste. Solo para darle algunas referencias comerciales le cuento que era la calle del abastecedor El Norte, el salón de belleza Lixandra, el restaurante Logme y la bodega de Guilá Arte y Técnica. Allí se daban cita mejengueros como Jaime, Marco y Mauricio Castro, Franklin, Henry, Limberg y Douglas Quirós, Rónald Calvo, Rodrigo Obando, Donald Abdalá, Álvaro Coto y Frank, Alejandro, Ricardo y José David Guevara, entre otros.

La cancha era de asfalto y los saques de banda eran marcados por los caños. Los marcos eran un par de piedras colocadas en los dos extremos del campo de juego. No había áreas grandes ni chicas, penales, casetas para la banca ni árbitros (las jugadas controversiales se dirimían en apasionadas pero amistosas discusiones).

Mucho menos se contaba con gente que le hiciera barra a aquellas estrellas del balompié. Más bien había vecinos que atentaban contra los partidos; por ejemplo, dos hermanas, entradas en años, que vivían en una vieja pero bonita casa de madera. Cuando la bola caía en el jardín de esa vivienda, había que correr a saltarse el muro y rescatar el balón para evitar que terminara decomisado o cortado en varios pedazos (como alguna vez ocurrió).

Pero bueno, volvamos al tema de la mejenga con aroma a marihuana… Una noche, mientras tenía lugar uno de aquellos partidos, otro grupo de jóvenes se puso a fumar cigarrillos de esa hierba en una de las esquinas de la calle ciega.

El olor era inconfundible.

El humo, como mariposa gris, recorría cada uno de los rincones de la calle en compañía de la música de Alice Cooper y Jimmy Hendrix que emanaba de un radiograbadora colocado sobre la acera.

De repente una patrulla apareció a alta velocidad en la calle ciega. Cuatro policías descendieron aprisa de ella y de inmediato encañonaron a los mejengueros y les decomisaron la bola. El humo de la marihuana continuó anotando goles en los marcos de piedras durante el resto de la noche…

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