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Magníficos

La dama del fútbol

Le divierte comportarse de manera tan antojadiza, coquetear con los deseos de los fanáticos, burlarse de los temores de los hinchas.

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Redacción

Algunos días la bola, dama del fútbol, despierta caprichosa, pero como es imposible adivinar el estado de ánimo en un rostro sintético el utilero la selecciona para el partido, le inyecta aire y el árbitro central autoriza su uso. Ya en el juego le da por estrellarse contra el horizontal o los verticales, en especial cuando los locutores deportivos y gran parte de los aficionados empiezan a corear lo que al parecer culminará en gol. Le divierte comportarse de manera tan antojadiza, coquetear con los deseos de los fanáticos, burlarse de los temores de los hinchas.

Otras veces amanece juguetona, lúdica, pícara. Se deleita pasando por entre las piernas de los jugadores en medio de gritos de ¡ole!, haciendo que estos pifien al intentar rematarla o despejarla, rebotando en las manos o en el pecho de los porteros, frenando en seco y quedando muy por detrás del delantero que corría con ella hacia el marco contrario. Solo la gramilla es capaz de escuchar las risas y carcajadas de su válvula.

A la pelota también le da por perecear, hacerse de rogar. Se le echa de ver en esas contiendas deportivas en las que pasa más tiempo fuera de la cancha —a veces en las graderías— o demasiado detenida antes de la ejecución de saques de puerta, tiros libres o de esquina y penales. En esas ocasiones celebra con bombos y platillos los muchos minutos que se pierden en la atención de deportistas lesionados —así como de los que simulan estar golpeados—. Claro, debe ser muy duro recibir pocas caricias —por parte de los porteros—y muchas patadas y cabezazos.

Hay ocasiones en las que esta señora redonda como la Luna está hiperactiva y traviesa; hay tensión y pasión en cada uno de sus gajos. Entonces nos obsequia partidos con muchos goles y emociones, “de ida y vuelta” como suele decirse; encuentros intensos en los que no cesa de correr, volar y rebotar, y que estimulan la adrenalina y se instalan para siempre en algún rincón de la memoria de quienes amamos este deporte.

En mi caso, la adoro cuando desde el pitazo inicial evidencia que se encuentra enamorada del buen fútbol; la he visto así muchas veces: desde la gradería, a través del televisor o como mejenguero. Romántica empedernida que se deja seducir por los amantes talentosos y virtuosos.

También me conquista cuando se atreve a volar por encima de la gradería y caer en alguna calle o patio como un regalo del cielo para algún niño al que sus padres no pueden comprarle una bola. Entonces me dan ganas de abrazarla y darle un beso.

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