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Magníficos

Al estadio con Patricia

La diversión no era asunto de balones, tacos y marcos, sino de ollas, tazones y picheles.

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Cada vez que íbamos al estadio con Patricia, el espectáculo principal no estaba en la cancha. La diversión no era asunto de balones, tacos y marcos, sino de ollas, tazones y picheles.

Y es que para esta amiga oriunda de Knoxville, Tennessee, Estados Unidos, el futbol de los domingos por la mañana o los miércoles por la noche era sinónimo de banquete.

Apenas nos instalábamos en la gradería de sombra esta fiebre de la música de Kenny Rogers y Dolly Parton empezaba a abrir bolsas y desempacar los manjares que había preparado para pasarla bien con sus amigos. Incluso, extraía un largo mantel de tela que extendía sobre las gradas.

Pollo frito, hamburguesas, frijoles molidos, ensalada de papa, emparedados de jamón y piña, pan de maíz, galletas de mantequilla de maní y chocolate, diversos queques y otros platos eran “el pan nuestro de cada día” cuando trocábamos la perilla y la pantalla por la boletería y las barras.

Aquellas comilonas eran un golazo al buen gusto, una jugada de pared culinaria, un tiro libre gastronómico que se colaba por el ángulo superior derecho de la boca, un penal suculento imposible de detener, un contragolpe de especias y sazones, un tiro de esquina oloroso a cebolla y culantro.

Todos los que formábamos parte de aquel grupo hacíamos hasta lo imposible por no quedar fuera de juego cuando se trataba de ir al estadio en compañía de Patricia Stooksbury.

Recuerdo los comentarios de algunos de los aficionados que se sentaban cerca de nosotros. “Machilla, páseme algo”. “No sean crueles, circulen el pollo”. “¡Sea tonto, qué rico huele todo y yo con este filo que me gasto!” “¿Qué hay que hacer para ser amigo de ustedes?”

Claro, esto ocurría en aquellos años en que a los aficionados se nos permitía llevar comida a los estadios.

De repente (no recuerdo cuándo) a los fanáticos al futbol se nos condenó a consumir no “pan y agua”, sino porciones de pizza y pollo, empanadas, patí, pasteles, enchiladas, papas tostadas, hojuelas de maíz con queso y chile, cajetas, turrones, confites, melcochas y refrescos gaseosos.

Entonces los banquetes cambiaron de escenario: se trasladaron de la gradería de concreto a la sala de la casa de nuestra amiga en Los Yoses. Allí el menú sumó tres placeres: café, helados y pastel de manzanas de agua.

Patricia ya no vive en Costa Rica. Además, ningún miembro de aquella barra de amigos está ya para cometer tales excesos digestivos. Pero, con frecuencia mi memoria se relame con aquellos sabrosos y dulces recuerdos.

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