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El regalo de tía Ester

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Aquel regalo de Navidad que nos enviaba tía Ester desde San José llegó a casa bien envuelto. Requete envuelto. Súper envuelto. La idea era mantener el secreto a salvo hasta la medianoche del 24 de diciembre. No recuerdo el año exacto, pero puedo afirmar con toda seguridad que nos encontrábamos en la recta final de la década de los 60's del siglo pasado. En ese entonces vivíamos en San Ramón de Alajuela, un pueblo de calles de tierra, yuntas de bueyes, carretoneros que vendían verduras a domicilio y en donde los pulperos daban feria y la misa se ofrecía en latín. Mi familia vivía en el segundo piso de una casa ubicada a medio camino entre el desaparecido Cine Chassoul (donde vi y canté por primera vez las películas del español Joselito) y la Iglesia de El Tremedal. Es decir, hacia el oeste del parque central. Apenas el regalo de tía llegó a casa, papá y mamá se encerraron con él en su cuarto, de donde salieron al cabo de unos 15 minutos con caras sonrientes y expresiones como “¡qué gozada!”, “¡qué buen regalo!”, “imagino cómo lo van a disfrutar estos cuatro chacalines”. Y claro, mis tres hermanos y yo escuchábamos más picados que un turista en Corcovado.

Dejábamos volar la imaginación en procura de adivinar qué era aquel regalo, pero nuestros padres no soltaban prenda; ni siquiera nos daban alguna pista. Lo peor del caso es que cada vez que llegaba alguna visita a casa, se encerraban con ella en el cuarto y se divertían en grande (los delataban las risas y los aplausos) con aquella sorpresa que nos mantenía intrigados a Frank, Alejandro, Ricardo y a mí. Era tal la curiosidad que hasta nos olvidamos de nuestras “novias”, las chiquillas del barrio que nos gustaban: Julieta, Karen, Jemima y Ana Grettel. No había día en el que no preguntáramos “¿cuántos días faltan para que llegue la Navidad?”, cuya única traducción era “¿cuántos días faltan para que descubramos y podamos disfrutar del misterioso regalo?” Jamás olvidaré aquel 25 de diciembre. Nos levantamos apresurados, hicimos trizas el papel regalo y el lazo, y nos quedamos boquiabiertos al ver la maravilla que tía Ester nos había regalado: ¡un futbolín!

¿Hace falta decir que nos pasamos todo el día entretenidos con aquellos jugadores de plástico y aquel estadio de madera? Muchas veces me he preguntado cómo nace un “fiebre” del futbol. Sin duda, no existe una sola receta, pero en mi caso el futbolín de tía Ester fue un ingrediente importantísimo. Tía dejó de alinear en el juego de la vida el 24 de mayo de 1993, pero en mi corazón sigue siendo titularísima; nunca está en banca.

Muchas veces me he preguntado cómo nace un “fiebre” del futbol

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