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Magníficos

Los hermanos Castro Valverde

Rodolfo (Fofo), Jaime (Jimmy), Marco (Tortugo) y Mauricio (Mao). Los de la soda La Tortuguita en las cercanías de la Universidad de Costa Rica en San Pedro de Montes de Oca.

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Era muy divertido ir al estadio con los hermanos Castro Valverde: Rodolfo (Fofo), Jaime (Jimmy), Marco (Tortugo) y Mauricio (Mao). Los de la soda La Tortuguita en las cercanías de la Universidad de Costa Rica en San Pedro de Montes de Oca.

Rodolfo, el mayor de ellos, tenía la costumbre de pegarse a la malla ubicada entre la cancha y la gradería, y emprenderla contra los jugadores del equipo rival. “¡No sos profesional. Nunca lo has sido y nunca lo serás!”, “¡Por algo no estás en la Selección!”, “¡Sos un mediocre, un gran mediocre!” y otras oraciones por el estilo les gritaba.

Marco, el tercero de ellos y el primero de estos hermanos con quien entablé amistad entre mejengas en plazas, calles ciegas y patios, vociferaba no solo contra los futbolistas y cuerpo técnico del bando rival, sino también —y en especial— contra los árbitros y los guardalíneas. ¿Qué les decía? Me reservo sus palabras por temor a que algunos lectores me muestren la tarjeta amarilla o una roja directa.

Mauricio, el menor y con quien de vez en cuando coincido en alguna barra (mas no deportiva…) se ponía filosófico y le daba por tratar de convencerme de que debíamos escribir la “doctrina morada”. Se explicaba así con toda la seriedad del mundo: “La idea es responder a la pregunta ¿por qué soy morado? Es decir, qué me llevó a escoger a Saprissa y no a ningún otro equipo. ¿Qué significa ir con la S? Sería bueno producir un libro que desarrolle este tema”. La propuesta perdía fuerza en cuanto yo me le quedaba viendo, lo abrazaba y le decía: “Mao, no sea tan bañazo”.

Jaime era el segundo, pero lo dejé de último por una sencilla razón: era quien tenía el hábito que más me divertía: le daba por orar en la gradería. Así como lo lee. Si el equipo contrario dominaba la contienda o si anotaba un gol primero, este prójimo no lo pensaba dos veces para cerrar los ojos y pedirle a Dios “un golcito”.

“Diosito, Diosito, ayúdanos por favor. Ilumina a Evaristo (Coronado), dale fuerza y sabiduría para que meta un golcito. Bendícenos con el triunfo y si no al menos con el empate, pero no permitas que perdamos”, imploraba Jimmy en lo alto de la gradería de sombra este del estadio Ricardo Saprissa.

No sé si fue obra divina o fruto exclusivo del futbol, pero lo cierto es que en muchas ocasiones a Jaime se le concedió lo pedido. Entonces agradecía de inmediato: “Gracias Diosito, muchas gracias por ser tan bueno. ¡Qué golazo! ¡Te luciste!”

Era muy divertido ir al estadio con los hermanos Castro Valverde y muy cálido evocar esos momentos que me gustaría repetir.

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