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El miedo al penal

Un portero con miedo a los penales, no a los que cobra el delantero rival, sino a los que lanza una vida que no comprende...

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El fútbol es su única alegría, consuelo y satisfacción. Aparte de eso su vida es un desastre...

Su matrimonio es un partido perdido en el que ni siquiera tiene derecho a tiempos extra y serie de penales, y en su trabajo lo dejaron fuera de juego sin tener la cortesía de mostrarle la tarjeta roja cara a cara.

Un hombre atormentado, solitario, angustiado, frustrado, inadaptado, perseguido por fantasmas y demonios, en agonía perenne. Y además impulsivo, violento, adicto a resolver los conflictos con los puños; llega a situaciones extremas que no voy a detallar en estas líneas (se cuenta el prólogo, no la película completa).

Se llama Josef Bloch y es el personaje principal de la novela titulada “El miedo del portero al penalty”, escrita por el alemán Peter Handke y publicada en 1970. Descubrí esta obra el pasado 7 de abril, gracias a una edición de 167 páginas de Alianza Editorial con la que tropecé mientras recorría una de mis canchas favoritas: los anaqueles de las librerías capitalinas.

Varias citas de ese texto sirven como trazos para pergeñar el carácter y personalidad del protagonista: “Todo lo que veía le molestaba”. “Por la tarde salió del hotel y se emborrachó”. “Apartó las páginas de los anuncios; le agobiaban”.

“De repente todo lo que estaba a su alrededor le resultaba inaguantable. Pensó detenidamente si de verdad estaría despierto, pues justamente en un momento determinado, en este caso poco antes del amanecer, de buenas a primeras todo se volvía insoportable”. “Todo era inútil”. “Bloch estaba irritado”.

Lo único que lo mantiene a flote en medio del caos existencial son sus recuerdos de los años en que fue un famoso portero de un equipo de fútbol. Sí, también nostálgico. Arqueólogo de la memoria, se la pasa escarbando en el pasado en busca de ruinas habitadas por balones, tacos, copas, estadios, excompañeros de equipo. Con frecuencia, mezcla el balompié con la vida cotidiana.

No sorprende que Bloch sea obsesivo. Tiene la manía de querer enterarse acerca de los precios de todas las mercancías (frutas, vestidos, mecedoras, tocadiscos, los objetos de una cafetería...), reparar y pensar en detalles que a nadie más le interesan (por ejemplo, un gato que se traga una mosca) y creer que absolutamente todo tiene un significado (“¿Por qué tenían forma de pez las galletas que había en el plato? ¿A qué aludían? ¿Tenía que quedarse callado como un pez?”).

En fin, un portero con miedo a los penales, no a los que cobra el delantero rival, sino a los que lanza una vida que no comprende...

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