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MAGNÍFICOS

Confieso que he pecado

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En los estadios no hay confesionarios. Por lo tanto, confieso aquí un añejo pecado futbolístico. Le cuento...

La tentación se presentó en un partido de futbol disputado entre Saprissa y Barrio México, jugado en la década de los 70 del siglo pasado. En el instante en que escribo esta columna mi memoria se encuentra “fuera de juego” en la cancha del recuerdo, por lo que me resulta imposible precisar la fecha exacta. O quizá me acecha el demonio del olvido.

Aquella contienda tuvo un atractivo especial: el centrodelantero morado Miguel Ángel Mansilla –un uruguayo con la piel del mismo color de la noche en que tuvo lugar el juego- se enfrentó al único portero del campeonato de Primera División al que no le había anotado un gol, el legendario Didier Gutiérrez.

Me refiero a aquel Saprissa de figuras como Édgar Marín, Gerardo Solano y Francisco y Fernando Hernández, así como al Barrio México de José Manuel “Chirimba” Rojas, Johnny y William Fischer Salgado, y Roy Sáenz.

Apenas comenzando el duelo, que disfruté desde una de las graderías del estadio Ricardo Saprissa, Barrio México se puso en ventaja producto de un cobro de tiro libre en el que el balón se escurrió entre las piernas del portero Juan Gutiérrez.

Hasta ese instante yo me encontraba aún inmaculado, en perfecto estado de santidad.

El dardo que se clavó en su marco no postró a los morados, quienes más bien se fueron contra la portería de Didier Gutiérrez. Una y otra vez Mancilla intentó emparejar las cifras, sin embargo, aquel cancerbero flaco, cargado de años, que utilizaba boina y oloroso a hierbas poco inocentes demostró una y otra vez por qué es uno de los grandes guardametas que ha producido Costa Rica.

Fueron múltiples las ocasiones en las que Didier atrapó la bola y se apresuró a mostrársela a Mancilla, como resaltando su extraordinaria labor.

A falta de 10 minutos para el pitazo final, Saprissa empató con un gol de Hernán Morales (hoy comentarista deportivo en Repretel). El estadio fue una fiesta. Cinco minutos después Mancilla remató de cabeza un centro de Édgar Marín y anotó el gol de la victoria. El estadio fue una explosión de júbilo morado.

Mancilla se guindó de una de las mallas para celebrar con la afición y el árbitro Luis Paulino Siles lo expulsó. De inmediato, el estadio entero se transformó en un coro que entonó durante casi un minuto un sonoro “¡HP!” Y aquí fue donde caí, donde cedí al ataque del diablo del futbol; por vez primera en mi vida y siendo todavía un adolescente, grité mi primer HP en un estadio.

Desde entonces, el remordimiento no me deja en paz, por eso confieso mi pecado. ¿Me haría usted, estimado lector, el favor de absolverme?

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