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Magníficos

El portero escritor

Lo imagino de pie, justo en medio de los tres tubos del marco, atento no al posible remate de un delantero del equipo contrario sino al tema para un cuento.

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Lo imagino de pie, justo en medio de los tres tubos del marco, atento no al posible remate de un delantero del equipo contrario sino al tema para un cuento.

Puedo verlo también desplazándose dentro del área chica, moviéndose no entre los cuerpos de sus compañeros y de los rivales, sino los de posibles personajes de una novela.

Me resulta fácil contemplarlo en mi mente escuchando no el silbato del árbitro, sino el timbre del teatro que anuncia el inicio del segundo acto.

Se trata del escritor mexicano Francisco Tario, seudónimo de Francisco Peláez, autor —entre otras obras— de “Aquí abajo”, “Equinoccio”, “Una violeta de más”, “Jardín secreto” y “Algunas noches, algunos fantasmas”, y quien además fue portero del Club Asturias, de la primera división española. ¿Conoce usted algún futbolista escritor o algún escritor futbolista?

Tario, quien nació en México D.F. en 1911 y murió en Madrid, España, en 1977, defendía su portería con rodilleras y boina, y —vanidad deportiva—estrenaba sudadera en cada partido. Su imagen como portero quedó impresa en las cajetillas de los cigarrillos marca Elegantes.

Con igual o mayor habilidad se apañó con la creación literaria. Se distinguió por su pasión y honestidad a la hora de enfrentarse con las palabras; en este terreno se jugó el todo por el todo lanzándose decididamente a los pies de las metáforas, cubriendo todos los ángulos de los verbos y achicando a la siempre peligrosa verborrea.

En sus textos alineó siempre elementos como lo insólito, lo grotesco, lo extravagante, la locura, el sentido del humor y la nostalgia. Hay que agregar los fantasmas, la limitación humana para percibir la vastedad del mundo y la realidad y la personificación de objetos y animales como féretros, gallinas, buques y trajes.

A modo de ejemplo (y de abrebocas para los lectores), el cuento “La noche del féretro” da cuenta de varios aspectos de la vida de los ataúdes: su sentido del humor, bromas, gustos, temores, meditaciones y estados civiles.

Vale la pena leer a Francisco Tario, un escritor poco conocido ya que por decisión propia no formó parte de ningún grupo o élite literaria y, además, nunca fue dado al autobombo ni a las poses. Sabía detener los engañosos y escurridizos penales y tiros libres del ego y la vanidad.

Mas no solo de libros y balones vivió este mexicano. Como si fuera poco fue un apasionado del cine —propietario de tres salas en Acapulco—, astrónomo y pianista.

La cancha de la vida da para mucho. La vida de Francisco Tario es testimonio y evidencia de ello.

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