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Respeto, dignidad y racismo

Diversos aspectos pueden significar la negación del futbol, pero el peor, el más asqueroso e indigno es el racismo.

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Hay temas de sobra en estos tiempos, anteriores al Mundial y revueltos con los diversos torneos nacionales e internacionales, por lo que pareciera excesivo comentar hechos ya analizados hasta el cansancio fuera de las competencias en sí. Se incurriría, sin embargo, en una ofensa al futbol y a sus protagonistas si el futbol se circunscribiera al juego en sí, sin importar su esencia, dentro o fuera de las canchas. Me refiero a la relación o al drama humano que discurre en esta actividad deportiva y que, sea con goles o sin goles, constituye su atractivo principal. Uno de los capítulos principales de este drama humano es el respeto en todas sus formas: entre los jugadores, entre estos y los árbitros, entre los aficionados, entre los periodistas y los dirigentes, en fin, entre todos los actores de este gran acontecimiento mundial. No hay exageración alguna en estas afirmaciones, si es verdad, como lo es, que la figura central del futbol es el ser humano con todos sus valores y desvalores. De aquí que el respeto, el valor ético por antonomasia en una sociedad de seres humanos sea –y deba ser- la razón de ser de este deporte, más allá de la diversión, del concepto de empresa, del tinglado legal, del aparato mediático y, por consiguiente, del sentido propio de competencia. Sin respeto, como se ha dicho, no hay sociedad ni orden ni fines humanos, sino anarquía y confusión total.

¿A qué viene esta introducción? A la negación misma del deporte y, en particular, del futbol, por su extensión multitudinaria, por las pasiones que suscita y por su creciente ascenso. Diversos aspectos pueden significar la negación del futbol, pero el peor, el más asqueroso e indigno es el racismo, consistente en la negación misma del ser humano por el color de la piel. El insulto contra los deportistas por ser negros es una proclama de estupidez y una aberración intolerable que, de una vez por todas, debe desarraigarse del deporte y de toda conducta o expresión humana. Este debe ser el principal objetivo del deporte nacional, la esencia del juego limpio y de un país civilizado.

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