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Fuera de la cancha

Fiesta herediana en el Museo de los Niños

Los heredianos enfrentarán la final abrazados por el cariño de sus más fieles seguidoras: sus hermosas hijas.

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“El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito”. Eso lo saben muy bien José Garro, Ismael Gómez y Pablo Salazar.

El pase a la final tiene un sabor distinto y especial para ellos, pues cada vez que caen, golean, ríen y lloran lo hacen junto a su verdadera victoria en la vida: sus hijas.

Ellas son las princesas que gobiernan sus corazones y sus más leales seguidoras. Para cada una su papá es el mejor jugador del mundo, su estrella y orgullo, pues en la escuela son los padres que todos los niños quisieran tener.

“Valentina se identifica mucho con el 8. Aunque está en materno, sabe que es el número con el que juega su papá y cuando lo reconoce en algún sitio de inmediato lo dice”, recordó mientras reía Raquel Zamora, esposa de José.

La relación de ese amor filial es tan absoluto que las ausencias por concentraciones o viajes le han pasado la factura a sus pequeñitas, compartió Elena Hidalgo, esposa del capitán rojiamarillo.

Y cómo no iba a suceder esto, si las niñas encuentran en los florenses a sus cómplices de juegos, lo que quedó en evidencia al observar a Ismael saltando junto a sus chiquitinas Luna y Mía, ante la mirada alegre de Natalia Martínez, dueña de sus quincenas.

Cuando Pablo, José e Ismael están al lado de sus amores, todo parece ser más fácil. Por eso es que la final del futbol nacional que enfrentarán no es tan temida.

Es más emocionante eso sí, para sus esposas, pues solo ellas saben lo que es levantarse cada día con la presión del resultado al lado.

“A mí me agarra hasta dolor de estómago. Yo lo que deseo es que los partidos pasen rápido”, contó Raquel, quien confiesa que antes de casarse con José ni atención le prestaba al futbol.

Sin embargo ahora es como la más fiebre, dijo entre risas la porteña, quien comparte dicha afición con las otras esposas.

Ellas son las porristas del equipo, así lo dicen sus mantas, detalles y decoraciones que alegran a los deportistas en el camerino.

Para la familia los partidos toman un matiz más intenso, por ejemplo, Mía siempre le recomienda a Ismael hacerle un gol.

“En nosotras no hay fanatismo, hay amor. Vivimos diferente los partidos, muchas veces debemos llorar sin que ellos nos vean, porque debemos darles fuerza”, explicó Elena mientras abrazaba a su mejor amiga, Natalia.

Siempre en los partidos están de cuerpo presente, pero no en el sitio preferencial que les da la dirigencia florense, sino detrás del marco. Desde ahí apoyan a sus parejas y aunque a veces se molestan con el grito cruel del aficionado, han aprendido a dominar sus impulsos en pro del beneficio del marido que tanto aman, afirmó Natalia, quien encontró en Costa Rica una nueva patria.

María Paula de 7 años es muy coqueta. Ella es la hija mayor de Pablo Salazar. Al capitán florense le gusta mucho llevar a sus chiquitas a la escuela, pues son muy apegados.

José cuida a Valentina de 4 años cuando su horario se lo permite. Él la lleva al maternal y hasta la peina, además le carga el bolsito y el peluche por todo lado.

Ismael nunca se pierde la diversión y junto a su chiquitita de 7 años, Luna. Él la enseñó a hacer enormes burbujas de jabón mientras sonaban sonoras carcajadas.

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