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Mundial Brasil 2014

Sudar con el corazón

Sobra narrar el calibre y la intensidad de sentimientos que ha despertado esta gesta heroica de Pinto y sus muchachos en cada tico de corazón, le guste o no el futbol.

Homenaje a la Sele

Lindomar. Lindomar Souza, se llama. Coincidimos en un gigantesco mercado de baratijas, al frente del extenso malecón que demarca la costa en Recife. Yo estaba comprando un brazalete verdeamarelo con el logo del Mundial y BRASIL así, en letras gigantes.

Mientras lo escogía, un anciano desdentado, con pinta de indigente, se acercó sin siquiera percatarse de mi presencia y empezó a revolcar afanosamente en la canasta de las pulseras. La tendera le preguntó qué buscaba y, ante mi asombro, el desarrapado le explicó que quería un distintivo de "la Costa Rica".

El día anterior le habíamos ganado a Italia y, a esas alturas, los ticos (no solo los de la Sele, los ticos todos) nos habíamos convertido en una suerte de celebridades criollas en todo Brasil y en especial, claro, en las ciudades sedes de los encuentros en los que la Tricolor apabulló al planeta con su bravura.

Yo no andaba ni un solo distintivo patrio (no pude resistirme ante las súplicas de los aficionados anfitriones, que se volvían locos hasta con un simple cordón tricolor), así que cuando le toqué el hombro a Lindomar y le espeté que yo era tica --obviamente toda emocionada-- tanto él como la vendedora se fundieron conmigo en un abrazo que no olvidaré jamás.

Como no encontró lo que buscaba, saqué del bolso la única bandera de tela que tenía y se la obsequié. Él insistió entonces en pagar mi pulsera de Brasil con los únicos 10 reales que tenía y que, a no dudarlo, le habrían servido para calmar su resaca, pues todo él exhalaba el inconfundible olor a guaro añejo. Nos saltamos la barrera del idioma y, a como pudimos, conversamos de su click con Costa Rica mientras me acompañaba unos 500 metros hasta dejarme en la puerta del hotel.

Orgulloso a más no poder, blandía la bandera tricolor mientras los vehículos le pitaban y los transeúntes le cruzaban un entusiasta "¡Olé olé ticos!". Como pudo me contó --y como pude, le entendí-- que se había vuelto loco al ver el "jogo bonito" de Costa Rica ante Uruguay; por supuesto, nunca antes había oído hablar del país, y creo que no logré que me creyera que apenas éramos cuatro millones y pico de habitantes.

Y luego... luego me habló del gane contra Italia, que el gol de Ruiz era una joya, y que hasta se había puesto a llorar... y se puso a llorar otra vez.

Mientras se enjugaba las lágrimas con la bandera y se deshacía en felicitaciones para la Costa Rica que ahora él había hecho suya, nos despedimos para siempre, pues jamás nos volveremos a ver. Yo también me deshice en lágrimas en el lobby, ya a solas, tratando de digerir qué diablos estaba pasando en aquel país de Dios, qué clase de comunión se había establecido entre nuestra afición y la anfitriona y muchas otras más que fueron quedando huérfanas con la eliminación de sus equipos y felizmente se integraron al otrora desconocido país por el que nadie daba un cinco en el arranque.

Sobra narrar el calibre y la intensidad de sentimientos que ha despertado esta gesta heroica de Pinto y sus muchachos en cada tico de corazón, le guste o no el futbol. Pero ¿que le arranquemos las lágrimas de orgullo a medio planeta? Eso aún no lo puedo digerir sin volver a llorar. Quizá mi amigo, el cineasta Hernán Jiménez, me ubicó un poco en estos días, cuando trató de explicarme en un hermoso email que hasta él, cero futbolero, estaba por estos días con el llanto a flor de piel con cada hombrada de la Sele. Le robo las palabras de su correo privado sin permiso: estamos a dos horas del juego contra Holanda y en este momento, la verdad es que no me importa nada: "Esta gente tiene su gran, gran mérito. Que me tengan a mí, a mi papá, a mi familia en general --apáticos por genética-- al borde de las lágrimas cada vez que juegan, es testimonio de que sudan con el corazón. Sabés, yo que de cabeza estoy metido en mi propio patín de escribir y algún día hacer una buena peli, me he ido percatando de que el mundial es un gran drama, minuciosamente diseñado. Digo, de proporciones Shakespereanas. Cada partido lo es. Y las transmisiones lo saben: los close ups extremos tras fallar un gol, los maes tirados en el suelo cuando pierden, las expectativas que desbarata un resultado inesperado, el principio, el desarrollo y el final de cada historia... en fin; no es coincidencia que un planeta entero llore desconsoladamente, y si a eso le sumás, para los privilegiados como vos, el contacto humano con decenas de miles de personas en un solo recinto, diay abrime hueco en la tumba, eso que viviste lo vivieron los que tenías a la par, y los romanos del coliseo: pare de contar".

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