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Mundial Brasil 2014

Las lágrimas (llore papi, llore)

José Miguel Cubero lloro descontrolado, Waylon Francis se abrazó a él y yo, a miles de kilómetros de distancia, los quise con toda el alma.

Homenaje a la Sele

José Miguel Cubero se deshizo en llanto: emocionalmente se derrumbó. Sus lágrimas empaparon a Waylon Francis, quien a como pudo hizo de tripas corazón y sostuvo a su amigo, casi que lo obligó a aferrarse a la razón. Cubero lloró descontrolado, Waylon se abrazó a él y yo, a miles de kilómetros de distancia, los quise con toda el alma.

No importa si uno es un tico de lágrima fácil (como en mi caso) o si más bien es de esos que aguantan a como pueden la llorada. No importa, pues Brasil 2014 nos desarmó en lo sentimental, nos redujo a las emociones mas básicas, nos hincó, nos enrojeció los ojos, nos sacó los mocos y nos hizo correr desesperados por el abrazo más cercano, fuese el de un hijo, un amigo o un perfecto desconocido.

La carga emocional del extraordinario periplo tico por el Mundial fue violenta. Nadie estaba preparado para sentir tanto, para sufrir tanto, para reír tanto, para gritar tanto, para querer tanto a este país y a todo lo que representa. Las lágrimas se me vinieron no solo con la escena de José Miguel y Waylon, sino al ver a un Celso desesperado que burló a la seguridad del estadio con tal de abrazar a sus padres, y también por el recuerdo épico de Joel aferrado a las manos de sus papás.

Sufrí por y con Heiner Mora, así como semanas antes me sucedió con Álvaro Saborío. Lloré cuando Michael Umaña se llenó la boca de gol tras aquel penal inmortal contra Grecia, me conmoví cuando el Chiqui ingresó a la cancha y casi abrazo al tele cuando vi a Dave Myrie ingresar contra Holanda para completar el cuento de hadas inaudito de la Copa del Mundo.

Escuchar como se quebraba la voz del profe Pinto tras el partidazo contra Holanda me partió el alma, y cuando Keylor detuvo el bendito penal griego el nudo que se me formo en la garganta fue cosa seria.

Esta es una Sele que se supo dar a querer, que no se limitó a jugar en la cancha, sino también en el alma de un pueblo que hacía rato necesitaba razones para abrazarse. Esta es la Sele que saludó a un joven enfermo en un hospital josefino, es la Sele que se desmarcó de la violencia doméstica, es la Sele que nos demostró que los nicaragüenses son nuestros hermanos, y que toda Centroamérica en serio puede jalar parejo.

A mis 37 años el deporte me ha dado motivos para llorar, vaya que sí. Sin embargo, nunca en mi vida había tenido una temporada llorona tan extensa. Estos chavalos hicieron series con nuestros corazones, nos obligaron a querernos, a sentir de verdad como uno solo (nos guste o no).

Los años pasarán y puede ser que estos mismos jugadores u otros que vengan después nos brinden nuevos motivos para llorar. Sin embargo me conozco, sé que soy un sentimental y que a la vuelta de muchas lunas aquella imagen de José Miguel Cubero, Waylon Francis, las lágrimas de ambos y el "llore papi, llore" terminará, de nuevo, en ojos rojos y sonrisas sinceras.

A llorar, carajo... que nos ganamos ese derecho.

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