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Mundial Brasil 2014

El entrenador que nos pintó como quiso

Jorge Luis Pinto defiende a sus jugadores a capa y espada. Se rompe la garganta. Se le quiebra la voz. Se le humedecen los ojos.

Homenaje a la Sele

Jorge Luis Pinto Afanador corre del banquillo hacia la cancha a un paso más vacilón que apresurado. Corre solo. Nadie lo acompaña. (En realidad es que todos los demás le sacan ventaja.) Cierra los puños. Celebra solo. Sonríe y llora.

Llora como un tico más aunque es colombiano, es igual que cuando canta el himno de esta tierra que lo adoptó ya de grandote, a cambio de que nos clasificara a la cita mundialista. Pinto canta como tico, y el canto le sale desde el fondo del corazón.

Pinto llora porque le entra en gana. Llora porque cada una de esas lágrimas se lo merece. Llora porque ni él, ni todos los muchachos bajo su mando habían llegado alguna vez a estas instancias. Celebra porque alcanzó lo que siempre quiso alcanzar. Celebra porque él se lo creyó y algún día dijo en voz alta que su paso por el Brasil 2014 no sería discreto, ni mediocre, ni el de siempre.

Se lo dijo a Costa Rica completa. Se lo escuchamos y no se lo compramos... al menos no aquel día. Nos resistimos a hacerle caso. Acá estamos acostumbrados a dudar o, más bien, a no creer. Pero entonces llegó Pinto.

En las eliminatorias no sabíamos si confiar en su consigna, a veces nos hacía sonreír, a veces nos motivaba a pedir su destitución. "¡Que le corten la cabeza!", se leía en redes. Hoy aquella impaciencia debería ser considerara pecado. Ingratos. Ingratos todos.

Poníamos en duda tanta rotación de jugadores, tanta indecisión, tanta confianza que le tenía a los futbolistas más impopulares, nos cansaba tantos "vamo' a mirá". A veces aquello pintaba mal. Así de simple.

Nos costó creer en Pinto pero él siempre creyó en nosotros, siempre creyó él.

Pinto se lo creyó desde hace rato y por eso no bajó la cabeza cuando anunciaron a Costa Rica en el grupo de los más grandes, (¿los qué?), los más grandes del mundo. No se amilanó, no bajó la cabeza. Se puso a estudiar. Se aprendió a Uruguay, se memorizó a Italia, se plantó ante Inglaterra. Se logró lo que se propuso.

Pinto se lo creyó desde hace rato y por eso, mientras que estudiaba a lo griegos, analizaba también a los holandeses, los que sabía que tendría que enfrentar en la siguiente ronda del Mundial, la ronda que Costa Rica jamás había pisado.

Ese hombre –bajito y de verbo audaz– nos subió hasta lo más alto, hasta donde siempre quisimos llegar y nunca pensamos que fuera posible. Pinto nos tuvo fe, o más bien, se tuvo fe, le tuvo fe a los suyos, a sus pupilos, a sus muchachos, a quienes les gritó en cada partido hasta quedar ronco, hasta llevarlos a la cúpula, hasta dejarnos claro a todos porqué debíamos creer en él.

Pinto nunca jugó futbol pero el futbol jugó para él.

Hoy su futbol empieza en su cabeza, pasa por el pizarrón y se plasma a la cancha. Pinto es un técnico de saco y corbata, un estratega devorador de libros, un entrenador inquieto, un director parlanchín, un motivador innato, un hombre que apechuga, un caballero que no se echa para atrás.

Pinto se mete en broncas cuando las broncas lo ameritan. Le grita a los árbitros. Le grita a la FIFA. Le grita al aficionado que dubita(ba) de su labor, al que ponía en tela de duda el éxito de su proceso. Tenía toda la razón en hacerlo. Pinto es un triunfador.

Jorge Luis Pinto Afanador se levanta del banquillo y no se sienta nunca más. Defiende a sus jugadores a capa y espada. Se rompe la garganta. Se le quiebra la voz. Se le humedecen los ojos. Pinto sonríe y llora, tal y como nosotros sonreímos y lloramos gracias a él, gracias a sus muchachos, gracias a que él, junto a todos ellos, nos llevó hasta lo alto.

Sabemos ahora porqué Pinto sonríe y llora.

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