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Tranquilos, amigos

He vivido el deporte con toda la pasión que sea dable concebir.

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Si una derrota de la Sele lo precipita a usted en un abismo existencial, o si una victoria lo sume en la beatitud y lo hace oír voces arcangélicas, algo anda mal con su vida, y conviene revisarlo. He vivido el deporte con toda la pasión que sea dable concebir. Cuando la “Verdeamarela” de Zico cayó de manera infame ante un astuto pero estreñido equipo italiano en 1982, lloré como un niño, por ridículo que parezca. El corazón partido, como si la novia me hubiese abandonado. Perdí la virginidad deportiva: entendí que no siempre gana el mejor, que en un mundo tan aleatorio y azaroso como el futbol, es absurdo esperar justicia.

Pero eso ya pasó. Nuestra vida no puede pender de un partido. No debemos vivir a través de nuestros héroes deportivos, vivir “por interpósita mano”: ¡nocivo efecto del fanatismo! Tenemos una vida que administrar: ni Messi ni Saborío la van a vivir por nosotros. En nuestro propio mundo, en la gestión personal de nuestras vidas, todos -usted como yo- somos jugador FIFA del año, botín de oro, director técnico, portero y árbitro. Somos nuestro propio campeonato. No es admisible, por ejemplo, que cada vez que la Sele pierda, escale la violencia doméstica y la ingesta bestial de guaro -hecho verificado estadísticamente. ¿Tienen la culpa nuestras mujeres o hijos de la pifia de un delantero, o de que el árbitro no pite un penal del tamaño del Aconcagua? ¿Por qué aporrear a la familia? ¡Abyecto, monstruoso, una patología social! La faz en sombra de la cultura del futbol, esa que siempre censuraré.

¿Ganamos? ¡Bien! Vivámoslo con sobriedad y sensatez. Sepamos ser felices. Euforia no significa enajenación, pérdida absoluta del principio de realidad. A fin de cuentas, al día siguiente tendremos que ir al trabajo, y continuar con nuestro campeonato personal, intransferible: ese que solo nosotros podemos librar. ¿Perdimos? ¡A seguir adelante, luchando y soñando! Pero que nuestra vida no pierda por ello su razón de ser, su contenido. A lo cual urge preguntarse: ¿tiene su vida un contenido? Si no es así, no espere que el futbol se lo confiera.

Celebremos o lloremos, pero no perdamos la dimensión de las cosas. Hay en este preciso momento seres que se debaten contra enfermedades terminales. Para ellos, cada bocanada de aire es un triunfo, vale por 10 goles. Pregúntenles si les importa con cuántos volantes de contención jugó Pinto. Nadie ama el futbol más que yo. Pero amigos: es un juego. Muy serio, pero juego al fin. El espacio mágico y acotado del estadio, su mundo lúdico y simbólico no debe confundirse con la vida misma.

¿Tienen la culpa nuestras mujeres o hijos de la pifia de un delantero?

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