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No se olviden de ella

Señor juez, ¡¿y las tarjetas?!. Con tanta tensión en el ambiente, lo que menos necesita una final es un arbitraje permisivo.

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Demasiado tesón. Muy apretados los puños, rechinantes los dientes. Chispeantes las disputas de cada balón dividido. Muchas ganas de ganar y mucho miedo de perder. Demasiadas patadas.

Señor juez, ¡¿y las tarjetas?!. Con tanta tensión en el ambiente, lo que menos necesita una final es un arbitraje permisivo.

Pero vamos, que también sería injusto culpar solo al hombre de negro (anoche de blanco) por cada golpe o agarronazo, por cada empujón al final de las jugadas. Los dos mejores equipos del torneo, responsables del espectáculo, apostaron todo al pundonor y muy poco al futbol.

De apatía a nadie se le puede criticar. Nadie quitó el pie; nadie evitó estrellarse contra el tren que se venía de frente con la camiseta rival. Sin embargo, se olvidaron de ella, la pelota, pobre y confundida.



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